Latinauta: Cartagena de Indias, Barú, Colombia (2019). Parte 3/4.

Latinauta: Cartagena de Indias, Colombia (2019). Parte 3/4.

Barú, el paraíso y estar lejos de todo.


Llegamos a Barú, vía Cartagena, en taxi pagando 27 dólares (unos 80.000 cops del momento). Salía 100.000 pesos colombianos, pero le regatee el precio a Nelson, nuestro taxista “amigo”, porque era una bocha de plata y él lo sabía. Igual no le gustó un carajo y la onda se cortó desde que puso primera.

A Barú se puede llegar vía terrestre pero hasta la playa. A los hoteles que están en la playa se llega caminando por la arena, arrastrando tu equipaje, o pagándole a unos flacos para que te lo lleven (por 10.000 cops o 3 dólares). Trabajan de eso y son de confianza.




La península de Barú (a veces denominada Isla de Barú), es una zona costera situada al sur y a 45 minutos en lancha de Cartagena de Indias, Colombia, famosa por sus playas blancas y agua turquesa. Está separada del territorio por el Canal del Dique. Hasta 2014, la única forma de cruzarlo era en balsa, o sus variantes.

Barú cuenta con diversas playas, pero las más destacadas son Playa Blanca, Cholón, Agua Azul y Agua Tranquila. La primera es la más extensa, y como su nombre lo indica, tiene una arena clara, que contrasta con el agua color turquesa. Tiene una amplia oferta gastronómica. A Cholón solo puede llegarse en bote.




Nos instalamos en el Hotel Calamari a la 1 p.m y nos recibieron con un trago de cortesía de licor y sandia, que agradecimos mucho porque hacía bastante calor. El hotel es rústico, con poca luz y poca agua dulce. Tiene habitaciones con baño privado o para compartir. Por suerte mi novia también tiene experiencia como mochilera y se adaptó a tener una habitación básica con baño compartido (que limpiaban seguido, ojaldre). La noche en ese lugar dichoso salía 2700 pesos argentinos (lo habíamos pagado por adelantado con tarjeta de crédito y en pesos). El hotel que habíamos pagado meses antes en Bahía Blanca había salido 3000 pesos la noche. Uno de los tantos ejemplos que muestran que Argentina es carísimo. La habitación en Barú era elemental, pero a mi no me importaba y mi novia se adaptaba. Tenía lo necesario: cama, mesas de luz, luz, ventana, ventilador y enchufes. Fluimos con eso porque la mayor parte del día la pasábamos afuera de la habitación y no es un lugar lluvioso.




Una vez que acomodamos todo en la habitación, nos fuimos a unas reposeras que tenía el hotel sobre la playa. El hotel estaba montado sobre la playa literal y cuando subía la marea de noche, el agua pasaba por debajo del edificio. Yo arranqué con un buen desayuno por unos 10.000 cops del momento pero ya habíamos relojeado que las cenas estaban 30.000 cops promedio. Aunque estaba en nuestro presupuesto, igual siempre elegimos regular y comíamos una noche bien y otra en otro lugar más barato.


 


El dueño del hotel es un italiano, il signore Ferrari, y dejó a cargo a su esposa colombiana mientras él pasaba unos meses en su tierra natal. Así nos contaron. Unos meses en Italia y unos meses ahí. Que grande el tano… El susodicho sabía que éramos argentinos y, por email, nos advirtió que en la isla “no había nada”. No había exagerado. En la isla había hoteles, restaurantes y kioscos. Nada más. Como teníamos comida que habíamos comprado en el supermercado temprano por la mañana, por las dudas, almorzamos eso en las reposeras sobre la playa y a los del hotel no les importaba si usabas sus instalaciones pero con comida ajena. Otra de las pelotudeces que tenes que sufrir en Argentina. Así fue que abrimos una botella de 2 litros de Pow limón, que es como la Sprite local, con unas empanadas y panes con queso que habíamos comprado en las hermosas panaderías de Cartagena. Y así nos quedamos, leyendo y tomando sol hasta las 6 de la tarde cuando llegó el atardecer. La temperatura promedio es de 20 grados todo el año, de día y de noche, asi que lo convierte en un lugar encantador al que dan ganas de volver.



En ese primer día en Barú, al anochecer, alquilamos una lancha y fuimos para Puerto Naito. El monto del alquiler era razonable. Compartimos el gasto con otros turistas. Con piloto y nuestros nuevos acompañantes fuimos 20 minutos mar adentro de la costa de nuestro hotel. En esa área, el cielo está increíblemente estrellado y el paralelo se daba en el mar. ¡Ya que allí había grandes cantidades de plancton fluorescente que iluminaban todo el mar cuando nadábamos en sus aguas! Algo hermoso y digno de la película Avatar. Hacer la plancha mirando las estrellas pero con la fluorescencia que te cubre del mismo mar es extraordinario. Incluso cuando pasó como media hora de nadar en ese estado, y tuvimos que subir a la lancha, era sorprendente ver como nuestros cuerpos seguían iluminados por la fluorescencia de las gotas que teníamos encima. 



 

La multitud de estas plantas forma un plancton que bajo los rayos del sol es imperceptible, pero en la oscuridad provoca destellos de color azulado que se activan por el movimiento natural del agua. El fenómeno ocurre por la presencia de un alga llamada Noctiluca scintillans, también conocida como "chispa de mar" que es la responsable de provocar estos destellos lumínicos.




Esa experiencia, y la hora, nos abrieron el apetito. Asi que después de bajar del bote nos duchamos en el baño compartido y cenamos en el restaurante que está en el rústico lobby del Hotel Calamari. Si bien el edificio no cuenta con agua caliente-caliente, gracias a la temperatura ambiente el agua tibia de las duchas es más que suficiente para bañarse. Es imposible pasar frío por las noches o al salir del agua.

Una de las cosas que me gustaba de aquel lugar era que no tenía señal de televisión o siquiera diarios locales. Aunque sí tenía una buena señal de wi-fi. Pero yo la usaba lo menos posible porque me gustaba estar lo más aislado que pudiese. Quería estar incomunicado en ese edén terrenal al que había accedido a un precio razonable.



Cené un plato de pez sierra con arroz por 30.000 cops. Mi novia pidió Mojarra con arroz y pagó 25.000 cops. En ese primer día nos fuimos a dormir porque estábamos agotados y porque al día siguiente nos teníamos que despertar a las 8 a.m.

 A la mañana siguiente subimos al lanchón del amigo Sander, para que nos lleve a las Islas del Rosario. Antes de salir, desayunamos café con huevos y patacones por 20.000 cops. No saben lo que extraño los desayunos del norte de Sudamérica.

Con el lanchón anduvimos a los saltos porque había subido la marea (Mar de Leva). A la media hora de viaje, y con el traste bastante golpeado, el piloto nos mostró un grupo de islotes que eran las Islas del Rosario. Desembarcamos en Playa El Chocón. Ese lugar está absolutamente preparado para esquilmar a los europeos y estadounidenses, o asiáticos, pero yo en seguida frené a los que me abordaron para venderme cosas con un “tranquilo que soy argentino y no platudo”. La bola se corrió rápido y nos dejaron en paz. Para los europeos habían colocado unas mesas con tipis dentro del mar, donde los invitaban a comer frutos de mar y a tomar alcohol. Los europeos o yanquis entraban como rebaño y les cobraban una fortuna. Además de que ese servicio era innecesario, y caro, es pésimo para la digestión. Nosotros nos conformamos con nuestra humilde mantita playera y un juguito Hit de mango y una Coca a 10.000 cops. El agua en esa parte era verdaderamente transparente y muy cálida. Allí se podía comer, beber, nadar y andar en jet ski. Pero nosotros por presupuesto, y porque no nos gustaba ceder al asedio de los vendedores, solo disfrutamos de un lindo día de playa.   



Las islas del Rosario (o Corales del Rosario) es un pequeño archipiélago formado por unas 28 islas, ​ que es parte de la zona insular de Cartagena de indias, ​ con una superficie terrestre de 0,20 km², ubicado frente a las costas del Departamento de Bolívar, a la misma latitud que la península de Barú. En ellas se ubica uno de los parques nacionales naturales de Colombia, creado para proteger uno de los arrecifes coralinos más importantes de la costa Caribe colombiana.



De esa zona, el mejor lugar es Playa Azul. Es lo más similar a un resort cubano que vi en Colombia. En Barú, también está la Playa Blanca, que es una zona de hippies que no está a la vista pero existe. Llegué caminando de casualidad y allí se vive bajo esos principios.




Volvimos exhaustos de navegar y caminar y nos merecíamos cenar dos platazos en un restaurante que había sobre la playa: Jimena cenó Fideos con pesto y yo Arroz Trifásico (como le dicen al arroz con calamares, carne y pollo). Ambos platos por 70.000 cops. Caro para lo que eran los precios del lugar, y pudiendo haber comido por mucho menos, pero los platos estaban buenísimos y no me arrepiento del gasto. Uno viaja con un presupuesto y dentro del presupuesto vale todo.




Solo quedaba disfrutar los últimos días y descansar al máximo. Bucear con peces multicolores, encontrar la manera de llegar al aeropuerto y pasar por Panamá. Lo mejor estaba por venir.

 

CONTINUARÁ.

  

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