Latinauta: Cartagena de Indias, Colombia (2019). Parte 1/4.


Las primeras 48 horas.
  
Después de Ecuador (2013) no volví a salir del país. Desde entonces pasé por varias dificultades económicas, cambios de trabajo, mudanza a una ciudad nueva y concreté la oportunidad de que me publiquen dos libros; en los últimos dos años. Todo eso frenó un poco mi hambre por viajar. Lo frenó. No lo extinguió. Además, desde que comencé a viajar por Latinoamérica (1998) lo hice solo y esa situación ya me había agotado. Me estaba poniendo apenas grande (el hardware a los 40 no rinde como a los 30) y quería empezar a viajar con una compañera. Así que esperé hasta que se presente una oportunidad inevitable. Era hora de volver a viajar con algo de estabilidad financiera y menos jugado, desde varios puntos de vista. Cuando se me presentó una oportunidad financiera que pude capitalizar en la forma de un viaje al exterior, y después de consolidar una pareja con mi actual novia por dos años en sana convivencia, llegó el momento de levantar la mochila que recorrió prácticamente todo el continente americano.


La decisión sobre Colombia fue fácil: era uno de los cinco países que me faltaba visitar de la masa continental de este hermoso continente. Además mi novia quería conocer un país nuevo y teníamos excelentes referencias de su gente, playas y cultura. También se ajustaba al acuerdo/presupuesto del que disponía para generar esta nueva aventura.

Como de costumbre, me equipé con lo justo y necesario para estar una semana en el exterior, en condiciones de movilidad y alejado del lujo. Toda la ropa que llevé era descartable y escasa. Llevé un jean (puesto), siete remeras, un short, cuatro trajes de baño (debería haber llevado solo dos), dos pares de zapatillas, unas sandalias y un buzo (ambos de más), una campera (puesta, sobre todo para el frío adentro del avión) y ropa interior para una semana. Llevé dos libros (Tarzán en el Centro de la Tierra de Burroughs y Chamamé de Oyola), medicinas, kit de emergencia y artículos prácticos que suelo usar en viajes (Victorinox, etc). Además de una lona para la playa, una toalla y una carpeta con información impresa acerca de Cartagena. No recuerdo haber llevado mucho más.


Así que tomamos el vuelo CM 364 de Copa Airlines a las 5 a.m desde Ezeiza (Buenos Aires), con escala en Ciudad de Panamá, con destino final Cartagena de Indias en Colombia. Decidimos volar por esta aerolínea porque era un vuelo bastante directo y las horas de espera, en la escala, a la hora de conectar vuelos no eran demasiadas. A la ida solo tuvimos una hora de espera en el Aeropuerto de Tocumen y la dedicamos a ubicar la puerta de salida de nuestro próximo vuelo y a tomar un café con donuts de Dunkin Donuts (que lamentablemente no está en Argentina). Este aeropuerto sería protagonista de una lamentable parte en el final del viaje. Yo ya conocía Tocumen por mi anterior paso por Panamá (2006).


El vuelo con Copa Airlines fue muy bueno. Más allá de la amabilidad de su tripulación y lo moderno de su flota, para mí cumplió con un aspecto muy importante: la comida. En seis horas de vuelo nos dieron un sándwich de pollo con una bebida al despegar y un desayuno completo (se podía elegir hotcakes o omelette) antes de aterrizar. Y en el breve vuelo de Panamá a Cartagena nos dieron nuevamente un sándwich de jamón y queso con una bebida (yo elegí uno de mis jugos favoritos: Guayaba).

Viajamos durante seis horas de Buenos Aires a Panamá y allí debimos restarle dos horas al uso horario. En el aeropuerto de Cartagena nos esperaba el señor Nelson Padilla (+573135334047) que nos llevó rumbo al hotel que teníamos reservado: el Hotel Aixo Suites (+573114034918 - reservas@hotelaixosuites.com – Marbella Carrera 2 #47-10). Apenas alejado del centro histórico (unas 15 cuadras, y por eso era más barato que otros) tuvo un precio razonable de 2700 pesos por día (42 dólares – cuando el dólar estaba 60 pesos), con desayuno incluido (además de tener piscina, gimnasio y vista al mar). Aunque intento alejarme del lujo, cuando el lujo es accesible no le huyo. Hace años me amigué con el dinero e intento mantener un bienestar acomodado cuando mi bendito país me lo permite. Argentina sigue siendo un país carísimo. Sobre todo si tenemos en cuenta que este hotel colombiano era más barato que uno de 3 estrellas en Bahía Blanca, donde me hospedé para presentar mi último libro hace pocos meses.
Tanto en migraciones, como en el hotel, me preguntaron por mi profesión y pude decir que era traductor y escritor sin sentir vergüenza, ya que este año dedique gran parte de mi tiempo a estas actividades que me mantuvieron ocupado y a flote desde lo económico.


Mis manías al llegar a un país distinto pasan por llegar al hotel, desempacar y “reconocer el terreno” alrededor del hotel. Luego de ese “procedimiento”, nos acercamos al Centro Histórico para tener un primer abordaje de ese sitio.
El Centro Histórico de Cartagena es muy colonial. Junto al mar, se encuentra la Ciudad Vieja amurallada, que se fundó en el siglo XVI, con plazas, calles de adoquines y edificios coloridos. La fortificación antigua se debe a que Cartagena ha participado de conflictos bélicos, y  también sufrió los ataques de piratas y corsarios provenientes de Europa, lo cual supuso que fuera fuertemente fortificada durante la administración española. Hasta el punto de ser la fortaleza más robusta de América del Sur y del Caribe, llegando a estar casi tan reforzada como el mismo Golfo de México en su época. En la actualidad se mantiene su arquitectura virreinal con una seria supervisión del Estado.
Con el paso del tiempo, Cartagena ha desarrollado su zona urbana conservando el Centro Histórico y convirtiéndose en uno de los puertos de mayor importancia de Colombia, del Caribe y del mundo, así como un célebre destino turístico. La población total en la ciudad es de casi un millón de habitantes, siendo el quinto municipio más poblado del país.
Este Centro Histórico y la «Ciudad Amurallada», fueron declarados Patrimonio Nacional de Colombia en 1959 y por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1984. En el año 2007 su arquitectura militar fue galardonada como la cuarta maravilla de Colombia.

Para los visitantes, la ciudad ofrece diversos planes para sus 11 kilómetros de playas y un archipiélago de islas cercanas, las cuales son ideales para disfrutar de la brisa, el sol y realizar todo tipo de deportes náuticos. La ciudad contiene gran cantidad de calles, callejones y murallas esperando ser exploradas. Es una urbe digna de ser investigada. Ya sea en coches tirados por caballos, en bicicletas, en segways o a pie. Cualquier método de transporte sirve para asombrarse con los balcones floridos de Cartagena y sus atardeceres que delinean las siluetas de garitas y fuertes. La ciudad encanta con su arquitectura, que no solo abarca los estilos colonial sino que también despliega el republicano y moderno.

El cambio de dólares a pesos colombianos (llamados informalmente cops) era de 1 a 3000 cops. Durante esa semana osciló apenas en alza y llegamos a cambiar hasta 3150 cops por dólar. Yo hacía los cálculos de referencia con el dólar, acorde a mi presupuesto, y trataba de no pasarlo a pesos argentinos porque sino sentía que estaba gastando de más. El viaje lo pensé en dólares y traté de no pensar en pesos argentinos. Los precios en Colombia y Argentina, en lo cotidiano, son similares. Sin embargo, la calidad de muchos de sus productos es superior. Por eso no dudaba en pagar un poco más por algunos ítems. Aunque los artículos en oferta en Colombia estaban realmente en oferta y llegamos a pagar con un descuento del 40% en muchos productos.

En este recorrido inicial por el Centro Histórico comencé la ingesta de una de mis pasiones colombianas: sus empanadas. En un puesto callejero a 2000 cops (0,80 centavos de dólar) probamos una de jamón y queso, y otra de pollo. Cocinan con harina de trigo, como la polenta, lo cual le da un gusto particular y además el relleno es distinto al argentino. Acompañé las empanadas con un coco en la calle a 1,80 dólares y luego pasamos por un supermercado y comencé mi raid de compras de productos de comida, que incluso me traje a mi hogar en la costa argentina (hace tres años estoy radicado en la ciudad costera de Necochea, en la provincia de Buenos Aires). Los precios del supermercado eran – lógicamente – más baratos que los de un restaurante, pero también me hicieron reflexionar acerca de la oferta de productos que tenemos en nuestras góndolas australes. En los últimos cinco años Argentina sufrió una recesión financiera, una asfixiante inflación anual y una estrepitosa caída en nuestra calidad de vida. Lo cual también se transfiere a los productos que consumimos en un súper. Colombia puede ser un poco más caro que Argentina (apenas, y depende de qué productos se consuman, porque también puede ser claramente más barato), pero tiene una amplia cantidad y una notoria calidad en bebidas, panificados, productos cerrados, etc. En Argentina tenemos siempre los mismos sabores, los mismos fiambres, las mismas comidas, las mismas bebidas. Nos falta apertura mental y estomacal. Porque incluso muchos cambios alimenticios son favorables para la salud y el bolsillo del consumidor. Pero bueno, parece que la masa argenta quiere seguir tomando jugo de pera…


A favor de Argentina es que en las calles de Cartagena era demasiado notoria la diferencia de clases. Era fácil de registrar quién era de clase alta, media y baja. Por vestimenta, lenguaje corporal y poder de gasto, claramente. Cartagena se huele como una ciudad conservadora y católica, donde la clase alta prefiere vestirse de blanco y camina con el mentón alzado.

En la primera noche cenamos quizás el mejor plato de todo el viaje: una ensalada que tenía palta, tomates cherry, quínoa, camarones y corvina trozada (10 U$). Una delicia. Ese plato lo eligió mi novia y yo ataque una picada para dos que fue solo para mi, e incluía alas de pollo, papas rústicas y guacamole (8 U$). Para beber yo probé una michelada, con la que se convirtió en mi cerveza favorita de Colombia: la Club Colombia. La michelada salió 3 dólares y una limonada para Jimena salió 2 dólares.

Como hacía calor, rumbo al hotel, también me pedí una Kola Román. Esa bebida cola es una cola autentica de Colombia de color roja y sabor indescifrable, pero que me encantó. Una botella chica de Kola Román oscila entre 1 o 2 dólares, depende dónde se la pida.


En el segundo día desayunamos a las 9 de la mañana. No soy amante de las mañanas, soy extremadamente noctámbulo, pero el desayuno estaba incluido en el costo final, sabía que era completo y no me iba a defraudar. Valía la pena que me despierte temprano. Desayuné huevos revueltos con cebolla y salchicha, papas rústicas, tostadas con manteca, arepas y jugo de lima y naranja. A favor de la gastronomía colombiana es que usan mucho la lima y es abundante. Al haber desayunado todo eso, para almorzar solo comí una empanada de jamón, queso y piña en la cadena de empanadas “Típica”. Desde el hotel tomamos un taxi por 15 minutos hasta las playas de Boca Grande. Era difícil adquirir la tarjeta de transporte público y si compartías el viaje de taxi (en este caso con mi novia) el costo no era muy distinto al del colectivo. Lo cual también te da la pauta lo caro que es el transporte público. El viaje nos salió 8.000 cops y en esas playas es donde están todos los turistas recién llegados y los residentes “platudos”. Los mejores restaurantes y comercios están paralelos a esas playas.

Un punto fuerte en contra de Cartagena es la asfixiante venta ambulante. Si bien está bien que todos estén trabajando, por otro lado te das cuenta que están todos precarizados y resulta muy molesto la venta incesante. En una misma playa te ofrecen masajes cada 10 segundos, te llaman desde adentro del agua para que te subas a un jet ski, te regalan carne de cangrejo y después te piden una colaboración, etc. Es muy permanente y molesto.

En este segundo día Jimena se compró unas Crocs nacionales por 5 dólares y paseamos por el centro comercial NAO para matar un poco el calor de la tarde. En este centro comercial no hay grandes comercios pero sí tienen un lindo patio de comidas con precios moderados. Se puede comer una bandeja por 4 dólares.


Cuando se puso el sol, fuimos a tomar café a uno de los locales de Juan Valdez. Tomamos un café simple, filtrado, barato, y sin embargo exquisito. Al punto que me acerque al barista y le pregunté qué tipo de café era. Resultó ser un café del Valle del Cauca, famoso por su sabor cítrico y gusto intermedio. Ideal para nuestro paladar. Los argentinos consumimos café brasilero de mediocre calidad. El colombiano es buenísimo pero al argentino promedio le puede parecer fuerte. Por eso el del Cauca es ideal.
Colombia tiene al menos 8 regiones de cultivo de café con propiedades distintas. Compré 4 tipos de café en grano, desde fuerte a liviano, para moler en casa y beber con amigos. Para el devenir diario compré la marca Sello Rojo que es el que usa el colombiano promedio todos los días.

En Colombia se produce el café 100% arábigo (coffea arabica) producido en las regiones cafeteras de Colombia, delimitadas entre la latitud Norte 1° a 11°15, longitud Oeste 72° a 78° y rangos específicos de altitud que pueden superar los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Colombia tiene la suerte de tener los tres factores ideales para generar buen cafeto: tierra fértil, altura y temperatura. A nivel mundial, Colombia es el tercer país productor de café y el mayor productor de café suave en el mundo. Desde mi experiencia como connoiseur du café les cuento que Colombia produce el segundo mejor café del mundo. El mejor café podría venir de Jamaica (Blue Mountain) y en tercero lugar pondría el estilo Robusta que procesan bien en Medio Oriente.

Durante el siglo XX el café fue el producto primordial dentro de las actividades comerciales colombianas. El café se cultiva, preferentemente, en terrenos entre 1.300 y 2.000 metros de altitud. Sus plantaciones ocupan en la actualidad más de un millón de hectáreas con una producción anual de unos doce millones de sacos.

En esa segunda noche me pedí una pizza grande para cenar, de Domino’s pizza, al cuarto de la habitación. Hacía 6 años que no comía una. Desde Chile (2013). Es mi pizza favorita en el mundo. Jimena sigue prefiriendo las pizzas argentinas. La pagué 10 dólares y en el supermercado de la esquina compré una gaseosa de limón Pow! que subí a la habitación. En Colombia no tienen los reparos que hay en Argentina, y otras partes del mundo, con respecto a subir comida ajena al hotel a la habitación. Me pareció genial. Tienen una excelente mentalidad de servicio en los hoteles colombianos. Brindan un servicio. Si uno lo quiere, lo pide. No te arrinconan para que lo pidas. El servicio y las instalaciones del hotel Aixo Suites fueron excelentes. Estuvimos en Cartagena y ese hotel por 4 noches.



CONTINUARÁ
   

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