Entre Argentina y Brasil, en 2000 y 2001.

2001 Odisea Argentino-Brasileña:
Necochea, Florianópolis, el Fin de la Inocencia y la Crisis.

Siempre tuve bastante claro mi orden de prioridades o necesidades. Elegí no apurarme y vivir como un inquilino con recursos, antes que ser un dueño estrangulado por un crédito. Entonces, todo el dinero que gané siempre se vio destinado a viajar y mantener un cierto estándar de vida; al que luego se le sumó vivir solo, etc. Con la cantidad de transporte público que tiene Buenos Aires, tampoco me pareció lógico tener un auto y pagar estacionamiento, cochera, nafta, seguro, etc. Por lo tanto, nunca destiné mis fondos a un techo o un móvil, y si a vacacionar afuera de la mejor manera posible.

En definitiva, después de muchos meses de trabajar al regreso de Perú (y de haber hecho un viaje relámpago a N.Y, donde me fumé los últimos ahorros que me quedaban; las crónicas de ese viaje a New York no aplican porque no son Latinoamericanas), necesité recuperar fondos, descansar, y no planear un gran viaje; al menos por un tiempo. Por lo tanto, trabajé todo el  99’ y en 2000 elegí vacacionar en las playas de Necochea, donde vive mi amigo Hernán. Viajé con el objetivo de estar entre amigos, no gastar mucho y poder seguir ahorrando; con la intención final de hacer otro gran viaje en 2001.

Como siempre tuve la pulsión de juntar camaradas, ese amague de fin de siglo lo recibí con Hernán y Mario en una playa tomando tequila, vino y champagne, esperando que se acabe el mundo. Y casi se acaba para los tres, porque terminamos borrachos y desmayados en la arena, al borde de la hipotermia de no haber sido despertados por una ex de Hernán mientras caminaba por la playa a las cinco de la mañana.

Necochea es una ciudad argentina ubicada en la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires. Esta ciudad que explotó demográficamente en los 70’s, tiene una de las mayores comunidades de descendientes de vascos y daneses del país. En el año 1911, Necochea fue declarada ciudad.


La ciudad se puede dividir en dos focos comerciales: el centro, y la playa. Por el centro entendemos al núcleo administrativo fundacional de la ciudad, espacio en donde se encuentra la municipalidad y la iglesia principal, y en donde el movimiento comercial es el más intenso durante la mayor parte del año, exceptuando el verano. Porque en esta estación, la playa pasa a ser central en el desenvolvimiento comercial y cultural. Lo más destacable de su terreno arenoso, es lo vasto del perímetro, con lugares donde hay mucha gente y otros sectores donde el espacio personal es más amplio.


Ese verano con Marito definimos que Necochea tiene características que nos interesan mucho (en lo personal, las playas son extensas, la calidad de la arena es buena, la vida nocturna es bastante satisfactoria, abundan los espacios al aire libre donde recorrer o pensar, no es caro y el estrato social de quienes viven y vacacionan me hace sentir cómodo). Fueron todas buenas tardes de playa, amigos y amigas, andar en bicicleta, aventurarnos en las grutas, andar por el bosque de noche. No recuerdo un momento malo. Es nuestra playa local a donde escapar. Sobretodo si tenemos a Hernán ad infinitum haciendo de anfitrión. Hay lugares donde uno automáticamente se siente bien, y a mí me pasa eso con Necochea.


   --o--

Salto a Enero de 2001. Creo recordar que en algún partido de fútbol donde me junté con Marcos y Mario, Mario sugirió viajar a Brasil, y como Marcos y yo no habíamos visitado ese país sin nuestros padres, la sugerencia de Mario sedimentó y en breve comenzamos a coordinar el viaje. Esta vez viajé a tierras extranjeras sin mujeres de por medio, 100% chongo a la búsqueda de garotas.

Hay películas y experiencias de vida que me marcan, y Point Break fue una de ellas. No sólo sentí que necesitaba aprender a surfear en ese viaje a Brasil, sino que la verdadera filosofía de Brody y Johnny Utah se me hizo carne, aunque no montase tantas olas. El vivir tranqui, sin acelerarse, sin muchas responsabilidades, intentar hacer dinero de la manera más fácil, viajar y disfrutar, había llegado para quedarse. Además de aprender surf, necesitaba estar en tierras foráneas, aprender aspectos desconocidos de su cultura, comer cosas distintas, etc.

Los gringos salen de su país y quieren que todo siga igual a U.S.A, pero estando fuera de U.S.A. Yo pienso de forma diametralmente opuesta: Me gusta Buenos Aires y Argentina, pero me ahoga, y necesito salir de la misma para oxigenarme y seguir viviendo aquí.

Como Mario ya había estado en Floripa, el negro se convirtió en el líder temporario de facto, pero como siempre tuve problemas con la autoridad; el trío rápidamente se convirtió en una democracia. Teníamos el equilibrio perfecto, Marcos no hablaba, Mario hablaba bastante, y yo hablo de a ratos. Todos con algunos temas en común, y cierta experiencia en tierras extrañas, teníamos el balance indicado para pasarla bien. Y así fue.

Ese viaje sirvió para descansar, disfrutar entre amigos, penetrar territorio extranjero nuevamente, y recordar mi portugués. De los doce a los quince años leí comics mayormente escritos en portugués, y así casi aprendí el idioma. Con esta visita, se activaron mis sinapsis y espontáneamente volví a hablar portugués, con un vocabulario decente. Como viajábamos de a tres, los gastos resultaron económicos para cualquier tipo de actividad, y encima nos gustaba casi a todos los mismo. Más allá de que era todo dividido tres, el alquiler de habitaciones, comida e incluso auto, no nos había salido caro. Todavía recuerdo andar en ese Fiat a alta velocidad con Meteoro (Marcos) al volante, Marito durmiendo y yo acompañando, mientras ponía un cassette grunge después de otro.

Alquilamos una casa sin contrato, de palabra, y con la ayuda de la Fuerza que nos protegió. Paramos en Praia Ingleses, pero nos movíamos por todo Florianópolis, en Santa Catarina.


Florianópolis es la capital del estado de Santa Catarina. Según un informe de la ONU en 2000, Floripa es la cuarta ciudad brasileña con la mejor calidad de vida, sólo por detrás de las ciudades de Sao Caetano do Sul y Aguas de Sao Pedro, estado de Sao Paulo, y Niterói, estado de Río de Janeiro. Tiene, según el censo del IBGE de 2010, una población de 421.203 habitantes y más de 100 playas mapeadas. La isla de Santa Catarina posee una forma alargada y estrecha, situada paralelamente al continente, separada por un estrecho canal.


Floripa tiene de todo para el turista: Las angostas playas de Canasvieiras atestadas de Argentinos, la tranquilidad de Costa do Dentro, la movida de Barra do Lagoa, el espacio para caminar del Morro das Aranhas, o las olas para surfear de Praia Mole y Joaquinha. En Joaquinha fue donde agarré mi primer ola y es como la primera vez que uno se acuesta con alguien; imposible de olvidar. Aunque haya sido con un longboard, aunque hayan sido segundos, yo tengo una teoría muy personal con el surf: Para mí es lo más elevado en lo terrenal y nos acerca a lo espiritual, en mi experiencia. Algunos entran en La Zona a través del sexo, otros con el deporte, otros desde lo emocional con la paternidad. Para mi surfear significa que el mar, con su enorme fuerza, te hace notar lo pequeñito que sos y te levanta un rato, mediante una ola, te permite volar y entrar en comunión con la naturaleza y el todo. Yo creo que las pocas veces que surfee, toqué el campo quántico, casi como con el mejor polvo de mi vida, casi como en la mejor carrera de mi vida, casi como en una momento de transe a la hora de escribir; con el surf me acerqué a lo que los cristianos esperan sentir una vez que lleguen al Paraíso.


En Joaquinha, donde surfeabas en un buen ambiente, sin muchas tribus, pero respetando las jerarquías de los que más saben, con mis compañeros de viaje caímos en la placentera rutina de tomar Caipirinha, comer calamar, galinha con bacon e muita cervejha. Nuestro hábitat más común era Praia Ingleses, donde dormíamos, comíamos, caminábamos entre las dunas y nos animábamos al sandboarding.

El dúo me acompañaba también a Joaquinha para dejarme ser un poco Johnny Utah y después explorar otros lugares tranquilos como Pantano do Sul. Campeche era el más brasilero de todos los sitios y Armacao era el más top. Recuerdo pensar que en las ciudades se hace dinero, pero que la vida se vive en la playa.


A la semana, ya nos movíamos casi como locales con el idioma y el auto, y llegábamos a lugares como Jurere, aunque nos sentíamos a gusto en Praia Brava, porque era linda y limpia, no porque fuese la playa con mayor cantidad de gays :)

Con una agradable temperatura promedio de treinta grados, que no se sentía como los treinta que podríamos sufrir en Buenos Aires, visitábamos más playas, donde vimos delfines, y tomábamos caipirinha como si fuera agua. No teníamos idea qué día era o qué pasaba en el mundo, a no ser hubiese un partido de futbol. Y fue por un partido del Sub 20 entre Argentina y Brasil, donde la pasamos momentáneamente mal: Argentina, de la mano de José Pekerman, tenía un equipo soñado y estábamos convencidos que íbamos a ganar. Fuimos hasta el conocido rincón argentino de Floripa, Canasvieiras, y cuando Argentina perdió 4-2, quedó eliminado. Los argentinos nos quedamos insultando a los brasileros que también nos insultaban desde la vereda de enfrente, con la policía montada en la calle separando ambos bandos de aficionados, hasta que como en una película, vi una botella volar por encima de nuestra cabeza, por arriba de la policía, en arco descendente hacia la cabeza de un brasilero. Con el crash del botellazo en el marulo del brasuca, le siguió el pandemónium, y los insultos argentinos desubicados haciendo alusión a que nos acostábamos con sus mujeres, que eran unos amargos y coronando con el cántico de “Tomala vos, damela a mi, nos vamos todos, de qué vivís? Putos, putos, putos!”, nos retiramos raudamente, como diría Sidharta Kiwi.
  

La situación diaria con los locales se había complicado por la violencia del partido y yo ya me estaba empezando a quedar sin efectivo, con lo cual el regreso a casa estaba próximo. Las lluvias tropicales, como la tormenta de los cien días de Point Break, nos ponía en agenda que ya era hora de regresar. Sin embargo, la vida relajada, la comida, los jugos, el alcohol, las garotas, los planes de ponernos un puesto de hamburguesas como los de Brasil pero en Buenos Aires, nos mantuvieron en Florianópolis varios días más. Con la ida de Mario, por razones laborales, la incesante lluvia local y con Marcos enfermo, ya era hora de regresar.

Brasil, es un hermano, con el que nos peleamos por estupideces, pero a quien amamos profundamente. Cualquier viaje a Brasil, nunca está de más. Siempre suma.

--o--

Salto a Diciembre de 2001. Creo, sin temor a equivocarme, que la Historia Argentina se escribe con varios hitos como indicadores: Antes de la Crisis y Después de la Crisis, deberían ser usados con mayor frecuencia.

El desplome del neoliberalismo local arrastró empleos, ahorros, sueños y destapó a quienes estaban cubiertos: Los excluidos. La crisis se cobró 39 muertes declaradas, pero debe haber cientos de suicidios, estados depresivos crónicos, indigencia perpetua y otros males que no fueron informados, ni medidos. Entre tanta mugre, tanto caos y tanta desesperación, la crisis de hace 10 años atrás nos otorgó la solidaridad y la imaginación como únicas armas para salir adelante. 


La crisis de diciembre de 2001 en Argentina fue una crisis financiera y política, generada en principio por la prohibición a la extracción de dinero en bancos (medida nombrada Corralito por los medios), que finalmente desencadenó en la renuncia del presidente Fernando De la Rúa, el 20 de diciembre de 2001, y generó una rotación presidencial sin precedentes, ni rumbo.

Quienes participaron de las protestas de la semana que gestó lo acaecido el 20 de diciembre, fueron mayoritariamente autoconvocados que no respondían a partidos políticos o movimientos sociales concretos. El pueblo había salido a la calle, había salido de su letargo.


Desde el 17 de diciembre comenzaron a llegar noticias de saqueos en el interior del país. El 19 de diciembre los saqueos se popularizaban por el conurbano de Buenos Aires y Rosario, y el país seguía los acontecimientos por la televisión. Algunos habían comenzado a protestar desde los balcones y en la calle. Hasta que finalmente anuncian el estado de sitio. La indignación y la bronca excedieron todos los límites de pasividad.



Muchos protestaban, pero otros saqueaban para comer o simplemente para robar. En el comienzo la gente se llevaba alimentos de todo tipo, pero con el correr de las horas también se llevaron, en asombrosa y organizada procesión, todo tipo de mercadería: bicicletas, artículos de limpieza, bebidas alcohólicas, productos de bazar y hasta electrodomésticos como heladeras. Incluso algunos arribaban de autos costosos y una vez cargados con diversos productos se retiraron con total tranquilidad.


El día 19 las manifestaciones comenzaron temprano y no terminaron más. A las nueve de la mañana, en el distrito financiero, fue el turno de las asambleas. A las dieciséis, la Plaza fue de las Madres. Luego, fue el turno de los piqueteros de La Matanza. Al atardecer, cacerolas en las esquinas. Y a la noche, vigilia cultural alrededor de la Pirámide. Estas son las impresiones de un día eterno y, fundamentalmente, distinto.

Siempre digo que el comienzo definitivo de mi maduración fue a partir del 99’, desde que empecé a mochilear y estudiar en la facultad. Pero el golpe de horno, el hacerme hombre, lo sentí con la crisis de Diciembre de 2001. Ahí me di cuenta que la vida no era joda, que la gente podía caer y sufrir de formas impensadas, en tiempo record, que el salvajismo y la miseria nata del ser humano se podía manifestar sin freno alguno.

Jamás me voy a olvidar cuan notoria era la falta de trabajo y dinero de todos, pero sobre todo la de los menos privilegiados. Día a día, tomaba el ramal del tren llamado Sarmiento y veía como la gente que lo compartía conmigo estaba cada vez más flaca, desesperada, con la mirada perdida; sin esperanza, ni objetivo alguno. Jamás me voy a olvidar salir de la facultad  y ver como la gente se tiraba sobre las bolsas negras de basura que sacaban de los restaurantes cercanos al Congreso, las abrían y comían las sobras frías, como estaban, mezcladas con otras comidas, líquidos y basura. Nunca vi ese nivel de pobreza y desesperación, jamás lo hubiese imaginado en Argentina, nunca lo voy a poder olvidar. En principio, me juré estudiar, trabajar y hacer lo necesario para que nunca me pase a mí, después a mi familia y amigos, y por último a la gente en general. Por eso siempre intento votar y mantener una consciencia ciudadana que apunta al bien común, que construye un piso para que el que está más abajo, no caiga aún más. Porque no nos puede volver a ocurrir lo que ocurrió después de Diciembre de 2001. Ese es otro de los Nunca Más que jamás hay que olvidar.  

El 20 de diciembre de 2001 la población nacional se volcó a las calles a reclamar sus fondos inmovilizados, golpeando las ahora icónicas cacerolas, con total repudio a la clase política, con el ya conocido: “Que se vayan todos, que no quede uno solo”. El Presidente De la Rúa declaró el default, y sacó a Argentina del sistema global de la economía. De la Rúa finalmente huyó en helicóptero, pero nadie mencionó cómo huyo Cavallo, Ministro de Economía y principal responsable de la debacle; quien según fuentes no oficiales se llevó aviones llenos de dólares al exterior.
Domingo Cavallo fue responsable, como De la Rua y muchos de su gabinete, pero nosotros también. El pueblo también fue responsable. Sabíamos que se iba a acabar la fiesta menemista de la convertibilidad. En el 2000 me acuerdo de haber leído un informe, en mi clase de economía, que decía que si no salíamos ya del 1 a 1, el país se iba a fundir rápido. Sabíamos, pero miramos a otro lado, todavía maravillados por los espejitos de colores, los viajes al exterior, o la comida importada que encontrábamos en cualquier góndola. La explosión de pobreza de 2001 me sorprendió, inicialmente, pero cuando sedimentó con el devenir diario, me di cuenta que los cartoneros, que antes fueron cirujas, siempre estuvieron, que si se cierran las fábricas y la clase media deja de tener circulante, la clase baja se muere de hambre. No lo quisimos ver. Pero el abismo nos devolvía la mirada hace mucho tiempo.

Durante la crisis de 2001, los reclamos se mostraban dispares: La clase media reclamaba sus ahorros de los bancos y la clase baja pedía dinero, trabajo, techo o comida. La disparidad de reclamos era demasiado contrastante. Se hacía bastante evidente cuando uno iba a una asamblea barrial o estudiantil y lamentablemente uno comprobaba que para que el bien común perdure, la democracia no es aplicable a todos los ámbitos. Mi voto no puede ser igual al de Doña Rosa, mi reclamo para generar un piso a la pobreza, no puede ser igual que el de la señora con el tapado de visón y las ollas italianas con las que protesta. La cacerola fue uno de los símbolos que más graficó la confluencia de varios sectores. El cacerolazo detonó a partir del aviso gubernamental del toque de queda y estado de sitio, que anticipaba una salida represiva.


Yo hubiese utilizado elementos un poco más radicales para protestar, pero suelo tener una visión polémica; no acorde a la visión generalizada de la protesta sin violencia. Con el ¡Piquete y Cacerola, la lucha es una sola!, para mi no alcanza. Y aunque tenga una mirada un poco más extremista, y no ecuánime con los elementos de protesta y representación de la sociedad (siempre con el bien común en mente), en esos extraordinarios días de diciembre de 2001, fueron notorios y hasta loables los intensos contactos y luchas conjuntas entre gente de sectores medios y los más empobrecidos. La crisis del 2001 generó una rebelión popular bastante múltiple en su composición social, que incluyó a sectores medios y bajos. Con comerciantes, productores, profesionales, estudiantes, amas de casa y desempleados.


El 20 de diciembre, como la mayoría de los argentinos, yo miraba lo que ocurría por televisión, y por demasiado tiempo me mantuve inerte y observador. Sin embargo, cuando vi que la policía montada les pasaba por arriba a unas Madres de Plaza de Mayo, que estaban sentadas en ese parque, algo se activó y me tuve que movilizar. Si no fuesen progresistas, pongan de lado la ideología, solamente comprendan que la policía montada le pasaba por arriba a unas señoras que estaban protestando, y se encontraban indefensas ante ese ataque. Esa acción hizo que me levante del sillón y le diga a mis viejos: “Chicos, yo tengo que ir”. Mi viejo fue milico por un tiempo, pero se fue mucho antes del 76’, y aunque tiene formación militar, odia a la policía; con lo cual mis padres entendieron y sólo me dijeron: “Cuidate, vos sabés como moverte”. Y eso viene a cuento que mi papá me enseñó algunas cosas que le enseñaron a él, y al hacer el curso de Periodista en Zona de Conflicto ONU, siempre supe como escurrirme en un descalabro urbano. Agarré mi Canon réflex de gran angular y me subí al tren Sarmiento. Todos los que íbamos adentro de esos vagónes, jóvenes y no tan jóvenes, íbamos a protestar a la Plaza. Nadie hablaba, todos íbamos concentrados, enojados, listos para pelear, como antes de salir a un partido de rugby. La gente en ese tren se movía como una uni-mente, sin celulares, sin redes sociales, nos movíamos motorizados por la indignación de los que les estaba pasando a nuestros compatriotas, más allá de lo ideológico. Salimos de la estación de tren de Once, cruzamos la plaza y empezamos a caminar por la Avenida Rivadavia. Todos los negocios estaban cerrados, no había más que ruidos de lejos, casi no había autos circulando por las calles, la gente no hablaba y todos avanzábamos como una horda que manifestaba su descontento, nuevamente ante un aparato represor que insistía en golpear a quienes debe proteger. Cuando llegamos a la altura del Congreso, la policía comenzó a tirar gases lacrimógenos, y muchos corrimos por la calle Bartolomé Mitre, en paralelo a Rivadavia, para seguir avanzando contra la policía.
  

Intentamos protestar contra la Federal en el Congreso, pero como tiraban muchos gases (que literalmente te quitan todo tipo de fluido que pueda salir de la cara y es muy difícil de sobrellevar, aunque la adrenalina a veces repara todo), con algunas agrupaciones avanzamos por la calle Teniente General Perón hacia la Plaza de Mayo. Cuando iba por esa arteria, me tapé la cara para evitar respirar un poco menos los gases, y me encolumné con los del Partido Obrero. Un pibe que venía al lado mío me preguntó de qué agrupación o medio era (porque yo venía con una buena cámara de fotos conmigo), “Hoy somos todos argentinos” me salió decirle, y el flaco asintió con gesto aprobador.



Marchamos juntos cantando “Que se vayan todos”, y otros cánticos, hasta llegar a la Avenida 9 de Julio. Ahí el clima se puso espeso. Había algunos canas sobre Avenida de Mayo, pero cuando algunos empezaron a romper baldosas y tirarles piedras, los gordos de azul al menos un poco retrocedieron. Yo fui con algunos del P.O a comprar y manguear agua a algunos quioscos, para que la gente tome líquido y se lave la cara por los gases. La policía tiraba al bulto, y a mí me molestaba ver a las señoras grandes descompuestas por los gases; podría haber sido mi vieja. Cuando la Federal vuelve a avanzar hasta la 9 de Julio (pero llegaban hasta ahí, porque son unos maricas que avanzan en grupo y armados, nunca se la bancan en serio), otra vez se tienen que replegar porque los enfrenta una horda de motoqueros, que los combatían con los cascos en las manos.


Era una escena de Mad Max, yo estaba tirado cuerpo a tierra a metros, en uno de los islotes con césped de la 9 de Julio y no podía creer lo que veía. La policía intentaba avanzar con los caballos y látigos, y los motoqueros los hacían retroceder con los cascos y las cadenas. Desde ese día, que respeto a los motoqueros un poco más. Nunca ví tantos huevos en un grupo civil. Cuando la policía se repliega unas cuadras, ahí empiezo a participar de la gresca, rompimos baldosas y al principio las pasaba, y después empecé a tirar, y el objetivo era correr a la policia y llegar hasta la Casa Rosada; casi lo conseguimos.


Cuando estábamos a una cuadra, veo que pasan por las paralelas a Avenida de Mayo, muchos de uniforme, y en un momento digno de Obi Wan, me acordé de mi viejo que siempre me decía: “Ojo con las pinzas”. Cuando me dí cuenta que teníamos a la policía de frente en motos de a dos uniformados (uno manejaba y el otro de atrás disparaba con una Hitaca), y algunos de la montada a espaldas nuestras, y como no éramos un cuadro organizado, ahí nos separamos todos y fue un “Sálvese quien pueda”. Encima, yo aprendí a tirar en un polígono, con mi viejo, y siempre me enseñó a diferenciar los tiros de pistola, de revolver, los de plomo y los de salva. Ni hablar de una escopeta. Cuando quienes manifestábamos nos replegábamos, otra vez por Perón, para volver a la 9 de Julio – que es tan ancha que no te pueden contener – escuché disparos y pensé: “Están tirando con plomo”, pero no lo quise creer, y me dije que eran balas de goma, hasta que al llegar a la avenida más ancha del mundo, veo como se llevaban a uno que protestaba con un tiro en el estomago, y saqué una foto al charco de sangre que había dejado. Me acuerdo que pensaba mil cosas en fracciones de segundo: “sangre roja brillante, es arterial, ese pibe es boleta” + “llegamos a la 9 de Julio, juntamos más y los hacemos retroceder” + “ojo con los balcones y terrazas que quizás los Servicios nos sacan fotos”, etc. Esa tarde fue surrealista. Cuando llegué a la Avenida 9 de Julio, los que avanzamos, los que protestamos, los que hicimos retroceder a la policía con cánticos, piedras y los embates de los motoqueros; ya nos habíamos dispersado demasiado, y muchos ya corrían porque tenían miedo que los maten. Por alguna razón, a mi no se me cruzó sentir miedo, estaba preocupado en ver si había alguien descompuesto, en no quedarme sin rollo en la cámara, en ver por qué lado venía la cana, etc. Decidí bajar por Avenida de Mayo para protestar en el Congreso, pero era un quilombo de policías que ahí sí no sé de dónde salieron, pero aparecieron con actitud de dispersar y atemorizar, y lo consiguieron.


La gente corría con miedo, la protesta había terminado ahí. Yo todavía tenía resto y la furia suficiente para intentar ir al choque una vez más y buscaba a los del Partido Obrero, para encolumnarme con ellos y correr a la policía con piedras y palos, hasta que al llegar al Congreso, doblo en una esquina para bajar otra vez por la calle Perón, e intentar sorprender a la Federal, quizás con otros, y cuando giro en la esquina, al lado mío, tenia casi toda una cuadra de policías con uniformes anti motines, eran como cien, yo me quedé quieto, me destapé la cara y subí la cámara, como señal de paz e indefensión, porque si querían me mataban ahí mismo, y no pasaba nada. Un sargento rollizo que estaba delante de todo el batallón, me mira fijo y me dice: “Nene, ya está, andá a tu casa”. No dije nada, agaché la cabeza, les pasé por al lado, me dejaron pasar, me miraban con ojos satánicos, pero me dejaron pasar, y cuando los pasé a todos, me dije “ya está, si safé una vez, no voy a volver a safar”. Al menos fui testigo y la puedo contar. Así que caminé hasta Once, metí unas monedas en un teléfono público y llamé a mi vieja. Le dije que estaba bien, y que ya me tomaba el tren de vuelta.

En retrospectiva, yo no conseguí nada, o sí. No me quedé en mi casa como un vegetal, fui uno más de los que se manifestó contra el poder, dentro de mis posibilidades y mis veinticinco años. La frase “Para que el mal triunfe sólo hace falta que los hombres buenos no hagan nada” a mi me marcó a fuego de chico, y además siempre tuve un compás moral apuntado contra los “bullies” and I fucking hate bullies. Así que cuando vi como le pasaban por arriba a las Madres en la Plaza, no me pude quedar quieto. Si me hubiese quedado en casa, como varios millones, vaya uno a saber lo que hubiesen hecho quienes estaban en el poder al ver que tenían un pueblo bastante apático. Pero por suerte no fue así, y las hordas que vinieron desde el sur y desde el oeste, les hicieron/hicimos frente para que recuerden que el pueblo tiene un límite.

Lamentablemente, yo tenía mi visa y pasaje para volar a Canadá el día 23 de Diciembre, y terminé de vivir esos días de furia desde el norte. El viaje estaba planeado desde hacía muchos meses atrás, cuando todavía vivíamos en una nube de pedo y no teníamos ni idea lo que iba a ocurrir cerca de la Navidad de 2001.

El día 21 no paraba de mirar la tele y empecé a empacar, y terminé de meter lo que necesitaba para pasar un mes en Canadá en la valija al día 22. Me acerqué a la redacción de una revista donde era editor, y recuerdo que nos anunciaron que la revista cerraba porque el precio del papel y la tinta se habían disparado. Me pagaron 700 dólares, porque no habían tenido tiempo de cambiarlo a 700 pesos. Eran otros esos tiempos. Con ese dinero y otro que tenía ahorrado, viajé a Canadá a reencontrarme con un amigo a quien no veía hacía tres años. Día a día desde Canadá veía los saqueos, la rotación de presidentes y que el dólar subía. Yo había empezado a dudar de volver a la Ciudad de la Furia.

En paralelo, mi amigo Diego Molina tenía previsto irse de vacaciones a Brasil, y él también ya tenía su pasaje pago. Nadie podía llegar a imaginar que Diego se iba a quedar a vivir en Brasil, y que yo quizás con la oportunidad de quedarme, me iba a volver a Argentina.

La coyuntura de permanecer en Vancouver, se dio porque quienes me conocían ahí, veían las noticias y no querían que yo regrese. Hasta se habló de conseguirme un trabajo en un café, donde podía enmascarar mi ilegalidad un tiempo. Los dueños eran inmigrantes legales y el clima laboral era bueno. Los mozos de ese lugar guardaban sus tablas de snowboard detrás de un mostrador, y al terminar su turno de seis horas, se tomaban un bus frente al café, para que en veinte minutos los dejase en la tercera mejor pista de ski del planeta. Yo podría haber trabajado ahí, me podría haber quedado en Vancouver.


Pero mi curiosidad me llevó a una visita a The University of British Columbia, donde fui a ver el campus y cómo se estudiaba ahí. Quien actuó de mi guía en ese recinto fue un argentino que hacía años vivía en Vancouver, y era profesor de Latin American Studies. Yo de a poco estaba convenciéndome cada vez más de intentar quedarme, de jugármela, como un extraño en una tierra que me era extraña, pero tuve un momento de iluminación gestionado por mi compatriota, al que siempre le voy a agradecer la sabiduría del momento. Caminando por el campus, me pregunta:

- ¿Vos por qué querés estudiar acá?

- Porque siempre soné con estudiar en un campus.

- ¿Pero vos querés un título con chapa o querés conocimiento?

- Conocimiento – respondí. A lo que él remató: ¿Qué ves en esta Cafetería?

Y yo veía gente comiendo, nada fuera de lo normal. “Gente comiendo”, contesté levantando los hombros. Y mi guía, como uno de esos mentores que el karma te tira cada tanto, me pregunta: “¿En Buenos Aires, también estarían todos como están acá?”. Y tuve un despertar, una epifanía, un satori, una apertura del tercer ojo, y contesté: “No, están todos leyendo, fumando, tomando café, con fotocopias, libros y resaltadotes!”. “Entonces ya sabés cual es tu lugar”, concluyó al decirme. A los pocos días me tomaba el avión de vuelta a Buenos Aires, aún sabiendo con todas las desventajas que me iba a encontrar.

Como periodista y escritor, Buenos Aires era la ciudad donde estar en 2002. Y eso que aquel año fue durísimo. Para mi y para todos. Yo llegué con deudas de Canadá y me quedé sin trabajo. Me iba a Constitución a vender cosas a negocios de compra-venta para poder pagarme la cuota mensual de la facultad, daba clases particulares a quien sea, me colaba en el tren y caminaba mucho, porque no siempre tenía dinero para pagar los viajes. Incluso en mis fines de semana, con Paula, quien fue mi primer novia oficial, solamente compartíamos una pizza de Ugis o dos panchos, con una lata de cerveza para los dos, porque no teníamos más plata.

Diego se fue definitivamente a Brasil, país increíble, con muy buena calidad de gente, muchos recursos y un milagro que diez años más tarde se llamó Lula. En Argentina los tres mosqueteros se separaron (Marcos es el tercero), quedamos dos pero ya no nos vimos tanto, en un país que yo creí no se iba a recuperar nunca más.

Entre diciembre de 2001 y enero de 2002, para mi fue el fin de la inocencia, la certeza de que ya no podía volver a escuchar la radio tirado en la calle con mis amigos, porque mis amigos habían cambiado, como el país, y se venían tiempos más duros, menos íntegros, llenos de lágrimas, pero de los cuales salimos, cada uno con sus armas. Todos hicimos lo que pudimos en ese contexto, lejos de hacer lo que hubiésemos querido, porque hacer lo que queríamos infiere una cierta esperanza e inocencia, que ya no teníamos, al menos por unos años. Así que fue momento de ponerse serio, cuidarse, cuidar a nuestras familias, cuidar a los amigos y parejas que quedaron cerca de uno, y hacer lo mejor que se podía por todos los compatriotas que la pasamos muy mal, cuando no había trabajo y circulante. Pero, nos caemos para recordar como ponernos de pie, y aunque desde la amistad uno tengan un andar particular, como el rumbo del país, caímos duro, pero nos levantamos, crecimos, aprendimos, y no fue al pedo, y se sufrió, pero se aprendió, con la caída del país, la falta de la cotidianeidad de los amigos y la perdida de la inocencia.



Nunca Más a los desaparecidos y a la dictadura, pero también grito Nunca Más a ver gente comer de la calle, a los suicidios por la falta de trabajo y las miserias que se destaparon en Diciembre de 2001.

Hay mucho por hacer, hay tanto por hacer, y cada uno tira para su lado, pero al menos recuerdo y fervientemente creo que no se va a volver a los niveles de indigencia, crisis y desesperación que comenzaron en esa maldita fecha, a todo eso, luchando como pueda para que no se vuelva a repetir, hasta el día que me muera, a eso también le digo: Nunca Más.



Del otro lado del Río
Por Diego Molina
Fue durante la agonía del primer año del siglo XXI, De la Rua llamó a un gobierno de coalición, lo recuerdo bien. En ese momento pensé en la frase hecha acerca de la embriaguez que produce el poder. Hay excepciones; por ejemplo, para Galtieri la embriaguez era literal y anterior al poder. Ya para el ex presidente radical, que no era aburrido sino pusilánime, la embriaguez fue rápida, repentina y rigurosa, para usar sólo palabras que comiencen con la “r” de Rua. Se subió cobardemente a un helicóptero mientras la gente se amontonaba en las plazas exigiendo las sempiternas respuestas populares, y estalló la llamada crisis del 2001. Corralito, cacerolazo, que se vayan todos: los diarios del mundo reprodujeron esa trinidad.

Un día después, me subía a un 737 rumbo a Río de Janeiro, la “cidade maravilhosa”. El acaso (o su disfraz de ocasión: el destino) hizo de ese viaje para visitar amigos el prólogo de una larga transformación de mis pasos. Pues en un bar del Baixo Gávea crucé la mirada con Marília y todo comenzó a tener para mí acento portugués. Me mudé a São Paulo en marzo de 2002, volví a Buenos Aires dos años después y desde 2008 vivo nuevamente aquí, y mi “aquí” ahora es São Paulo. Un aquí donde también vive Laura, mi hija que, lo sé, será bilingüe e hincha de Boca y el Corinthians!

Qué decir de este Brasil impetuoso. Las estadísticas, de Lula para acá, hablan del milagro brasileño, del ascenso social (Brasil ya es considerado país de clase media), del fin del analfabetismo, de la sexta economía mundial… Lo cierto es que Brasil, desde que la corona portuguesa se instaló por aquí en 1808 y desde su independencia en 1822, fue siempre un conjunto de estados disímiles, con mayor o menor importancia estratégica, económica y política. Difícilmente se escuche hablar fuera de Brasil de los estados de Roraima o Piauí. Hoy por hoy, todo ocurre en São Paulo, megalópolis, cuarta ciudad más poblada del mundo, averno de cemento y acero: todo el mundo sabe la salida, pero nadie se va. Lo producido apenas en el estado de São Paulo es mayor que el PBI de toda la Argentina, creo que ese es un dato esclarecedor. Empresas brasileñas de punta, como Embraer y Petrobras, aparecen en rankings mundiales, así como algunas de sus universidades, en los primeros lugares entre las latinoamericanas (como la USP, Universidad de São Paulo, y la UNB, Universidad de Brasilia). Con una moneda fuerte, los brasileños en general y los paulistas en particular ocupan hoy el lugar que ocuparon los porteños durante la dolarización: el “deme dos” se fue del otro lado del Río de la Plata, así como las escapadas a Miami para hacer compras. Claro, el caso argentino se apoyaba en las demenciales políticas neoliberales, mientras que en Brasil, después de Fernando Henrique Cardoso, el rumbo fue otro. O sea, al país de playas exuberantes, carnaval, fútbol y bossa nova, esto es, la imagen del Brasil tropical y turístico que permanece en el imaginario mundial, hay que sumarle la de este Brasil emergente, lleno de proyectos e ideas, en lo social y lo cultural (si acaso podemos disociar ambas cosas).

Último país a abolir la esclavitud (en 1889), Brasil aún enfrenta su gran demonio: la pésima distribución de ingresos. La diferencia entre los que más tienen y los que menos tienen continúa siendo abismal, sumándosele a esa desigualdad los viejos y, lamentablemente, no caducos conflictos raciales.

Como argentino residente en Sampa (como alegremente la llaman por aquí) debo decir que fuera el fútbol los prejuicios son ilusorios, a pesar de que existe un género  de chiste de argentinos: “piada de argentinos”, que metonímicamente están representados por los porteños: cosas del ego y demás gracias de la soberbia. Los brasileños se sorprenden cuando les comentan que no existe en Argentina un género de chistes sobre ellos. En verdad, las cosas no pasan de la ya rancia pregunta: ¿Pelé o Maradona?, eterna pugna que hoy tiene una salida simpática, anárquica y atea, ni el Rey ni Dios: Messi.





Diego Molina es Licenciado en Letras Modernas (UBA), Mestre en Literatura Brasilera (USP) y Doctorando en Literatura Latinoamericana (USP), becario de la Fapeps e investigador del Instituto de Estudos Avançados de la Universidade de São Paulo. Es amigo desde los 6 años, y es orgullosamente bonaerense y no porteño...
 





  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

0 comentarios:

Publicar un comentario