Latinauta # 0 y Ushuaia 98'.

Concepción del Latinauta y breve crónica de Ushuaia (1998).

Como en el número “0” de un comic, la entrada de este mes es un buen “jump-in-point” para aquellos que nunca leyeron el blog, o no saben muchos datos de quien lo escribe. Así que voy a repasar primero cómo se desarrolló Leandro Paolini Somers y luego el Latinauta:

1976 – Nací con un golpe de estado.

1978 – Crecí con el futbol del 78’. Tengo flashes.

1979 – Creo tener recuerdos de estar en el primer departamento de mis viejos.

1980 – Recuerdo la sala verde del jardín de infantes, desde los cuatro años que recuerdo bastante bien. Recuerdo vividamente comer Criollitas con miel viendo dibujos animados de Flash Gordon de Filmation, entre otras cosas.

1981 – Recuerdo muy bien la sala blanca de cinco años del jardín. Recuerdo la amistad con Marcos Rusev. Recuerdo jugar solo. Recuerdo hacer maldades. Recuerdo que mi hermano era muy lindo. Recuerdo a mi viejo putear a Videla, aún habiendo sido milico.

1982 – Recuerdo que la guerra de Malvinas estalló mientras estábamos de vacaciones en Miami (viajábamos todos los años, porque papá trabajaba en Aerolíneas Argentinas), regresamos y nos enteramos que ya estaba “todo cocinado”. Yo leía acerca de la guerra en la revista Billiken. Los Hércules que salían de Palomar pasaban volando bajo, por mi escuela, y en el patio nos tirábamos cuerpo a tierra cuando escuchábamos un avión. Sentíamos miedo y encima nos habían instruido como meternos bajo las mesas si hubiese un bombardeo.

1983 – Recuerdo que en mis tres primeros años de escuela primaria me sentía muy nene.

1984-1989 – Fue el primer período más feliz de mi vida. Tenía muuuuchos juguetes y hacía lo que quería. Jugaba todo el día y mis viejos me dejaban ser. Amaba estar con mis amigos del primario, aunque me gustaba jugar solo. Éramos una banda de película, como los Goonies de Ramos Mejía.

1989-1990 – Entré en el secundario y en la peor parte de mi vida. No me conectaba con nadie, era ínfimo. A mis amigos del primario no los vi más porque fuimos a colegios distintos, y jamás nos buscamos.

1991-1992 - Tuve que dejar de jugar con cosas de niño y me alié con los chicos populares del colegio secundario. Era un intercambio razonable, ellos usufructuaban mi cerebro y yo obtenía interacción social y protección. Pero como sabía que no me iba a quedar en Argentina, no generé grandes lazos.

1992 – Me fui a vivir a Miami con alivio, como ir a un lugar a donde pertenecía. Y en parte así fue, y en parte no. Porque seguía siendo un marginal social. Pero me destacaba en el colegio y en el deporte, porque me era fácil. Y además vivía leyendo comics, corriendo, y tenía amigos de escuela con quienes me llevaba bien. Ahí repuntó la vida.

1994 – Mis viejos decidieron volverse, y sus razones fueron lógicas…y para mi la lógica siempre fue importante.

1994-1998 La extensión de la adolescencia y el segundo período más feliz de mi vida. El reencuentro con mis amigos del primario, y el descubrimiento de cosas que yo nunca había hecho: leer otras lecturas, el sexo, escuchar radio hasta la madrugada en la calle, tomar alcohol entre amigos y estar todo el tiempo juntos. Y nos reíamos, de todos, de nosotros, del mundo. Éramos invencibles.

1996 – En los veranos del 94' y 95' trabajé como Control Piscina en el Hotel Sheraton de Retiro, fue mi primer trabajo. Cuando se me terminó el contrato, con el dinero ahorrado, me fui seis meses más a vivir a Miami, solo, a probar suerte para trabajar o estudiar. Cuando llegué, como para todo necesitaba los papeles legales, la oferta de trabajo en negro era mala, y los estudios muy caros; me dediqué esos meses a cocinarme, correr en la playa, leer, salir, jugar al fútbol y ver amigos. Fui Bruce Wayne a los veinte años.

1997 – Volví de Miami y después de trabajar de botones por diez días en un hotel cuatro estrellas, renuncié y tuve la oportunidad de trabajar en una comiquería, que fue el trabajo que más disfruté.

1998 – Cuando el negocio se empieza a fundir, me hago amigo de unos canadienses que me convencen de empezar a dar clases en institutos privados de inglés. Lo logro por idoneidad. Empiezo a ganar más o menos bien, dejo el negocio de cómics, y me pongo a trabajar de profesor de inglés.

Ese año, no me acuerdo por qué razón, mi viejo no soporta verme con cara larga varios días seguidos y me dice: “No aguanto más que vivas con cara de culo. Te consigo un pasaje y te vas de viaje”. “¿Conocés Ushuaia?” – preguntó. “No” – respondí, sorprendido. “Listo, hacete tiempo y andate allá unos días. Te va a gustar”- remató.
Es el día de hoy que calculo que no era para sacarse el problema de encima, pero era su manera de generar una solución fácil, y quizás acertada. Así que como yo ya daba clases de inglés, y manejaba mis horarios, me pedí dos semanas en el instituto donde trabajaba y me fui para Ushuaia.

En retrospectiva, es en éste viaje que nace el Latinauta: Fue concebido en el viaje a Ushuaia del 98’, por más que haya nacido en el viaje rumbo a Perú del 99’. 

El día del embarque, recuerdo haber llegado con total naturalidad al aeroparque Jorge Newberry de Buenos Aires, subirme al avión e irme unos días para la capital de Tierra del Fuego, con el pasaje abierto. Para muchos viajar en avión es todo un evento, pero para mí (que me crié volando y rodeado de aviones), andar en ellos y pasar mucho tiempo en aeropuertos me es natural como desayunar. Así que llegué a Ushuaia y ya al aterrizar me encantó como estaba diseñado el aeropuerto. Ya había empezado bien.


Vestido de jeans, camisa leñadora y mi eterna campera de los Orlando Magics, más una humilde mochila (con algo más de ropa y el libro de El Hobbit) caminé una mañana buscando habitaciones en hoteles, pero como eran un poco caros (ahora son carísimos), y vi que todos los jóvenes se metían en hostels, aún ajeno a esos recintos (y con el prejuicio de que eran un juntadero de hippones, les recuerdo que yo todavía era un nene bien en el año en que Francia ganó el mundial), me decidí a entrar en ese mundo de hospedaje, por razones económicas. Y nunca más volví atrás. Ahora debo hospedarme en hostels y hoteles, los dos son distintos, y los dos son necesarios. Al menos para el estilo de vida que elijo vivir.

La región llamada Patagonia abarca las provincias de Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Con poco más de 100 años de existencia, Ushuaia ofrece no sólo una historia riquísima para descubrir, sino que invita a compartir sus bosques, montañas y ríos; transmitiendo el encantamiento que sólo puede generarse en el confín del mundo. Pueblo, aldea, ciudad pujante, conocer Ushuaia es llegar al fin del mundo...o al principio de todo. Los distintos restaurantes ofrecen pescados, mariscos, frutos de mar, pastas, pizzas, comidas rápidas y una gran variedad de carnes. Si bien comí comida que cocinábamos en el hostel, una vez probé merluza negra y la recomiendo.


La capital de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, fue fundada el 12 de octubre de 1884 por Augusto Lasserre y se ubica en las costas del canal Beagle rodeada por la cadena montañosa del Martial, en la bahía de Ushuaia. Además de ser un centro administrativo, es un nodo industrial, portuario y turístico. Es la única ciudad Argentina que se encuentra del otro lado de los Andes y que toca las aguas del Océano Pacífico. Ushuaia es generalmente considerada la ciudad más austral del mundo. Su nombre proviene del idioma yagán: ush ('al fondo') y waia ('bahía' o 'caleta') y significa 'bahía profunda o bahía al fondo'.


Recuerdo que me registré en un hostel donde me cerró el precio, tenía buena vista y estaba cerca de la calle principal del centro. Compartía la habitación con dos franceses y un franco-canadiense. Como todos hablaban en francés, yo ni bola y hacía la mía. Al menos el primer día. Recorrí el centro y varios parques, todo visualmente muy lindo, pero lo más interesante a la larga sale de la interacción con la gente.


Lamentablemente, somos un animal social. Así que en mi segundo día, por la noche, mientras yo seguía leyendo El Hobbit en mi cama, antes de irme a cenar solo, escucho que los franceses se cagaban de risa y la pasaban demasiado bien. Y acá hago una interrupción por el tema Tolkien. Ahora que lo pienso, en este primer desplazamiento de “mochilero”, parando en un hostel, me leí El Hobbit. En el futuro e iniciático gran viaje de mochilero que hice en 1999, sobre el final leí La Comunidad del Anillo. En algún nivel inconsciente debo relacionar viajes con Tolkien. Las coincidencias no existen si crees en el campo quántico.
Recalculando, entonces esa noche salgo de la cama y como un animal hambriento me acerco de a poco a los franceses a ver qué onda. Y uno me mira y me pregunta:
-¿Vous parle francais?
-Non.
-Do you speak English?
-Yes.
-Ok, What’s your name?
-Leo.
-Then Leo is our new interpreter in Patagonia.
Y así me adoptaron y salíamos todos los días a comer, pasear, elegíamos cual de nosotros se encaraba a tal o cual flaca, etc. En ese ámbito generalmente lo dejábamos ir a la vanguardia a Frederic, que era modelo. Y estuvimos toda una semana boludeando en Ushuaia, comiendo, durmiendo y tomando. Hasta que el diablo metió la cola, o más bien, una mexicana.


Llegó al hostel una mejicana que era linda e interesante, y como el lugar estaba casi vacío, toda la horda de buitres se le fue al humo. Yo incluido. En seguida me di cuenta que no tenía chance y que era para quilombo en el grupo, y lo fue. Los otros tres se terminaron peleando entre ellos por la flaca, porque a uno le gustaba más que al otro, porque uno siempre ganaba, por…boludeces. Al final, con el que yo me hice más amigo (Frederic Galant, modelo y limpia vidrios de las catedrales de Paris, un personaje), nos volvimos a Buenos Aires, porque supuse que ya se me había ido la cara de culo y al otro se le venía encima la fecha para volver a París.
Gracias por todo Ushuaia, ayudaste más de lo que podés imaginar.


Una vez en Buenos Aires, paramos inicialmente con Frederic en la que ahora es la casa de mis viejos en Ramos. Después estuvimos hospedados dos días en una casa tomada por unos franceses amigos de Frederic en Once, donde lo único que hacíamos era filosofar, estar rodeado de sustancias polémicas, comer pizza de Ugis e ir a tomar café a La Paris, que ahora se llama Club Paris, y es un lugar donde se juntan los franchutes en Baires, cerca de la Bond Street.  

Después que se fue Fred, nunca volví a saber nada de él, pero la semilla del mochileo y los hostels ya se había plantado, e iba a terminar de germinar al año siguiente.

Otra de las partes de la creación del Latinauta fue mi lectura del libro: “Viajes y Experiencias de Michael Crichton”. En 1998 yo leía comics, ciencia ficción, y otros libros que marcaba el canon literario, y mis amigos de la época, dentro de los cuales Crichton no estaba bien visto. Incluso hoy día. Pero como era una biografía, Crichton fue médico y yo había leído un par de novelas “serias” del autor, me animé a comprar y leer este libro, aunque el entorno se burlase. Y con sólo leer las primeras páginas ya no me importaba que me fuesen a cargar, me atrapó su historia de vida y el estilo del libro.


Crichton como novelista no tiene muchos recursos, pero es un gran plotter, un gran generador de ideas que luego desarrolla en novelas. En ese libro, el autor de Jurassic Park relata de forma autobiografica cómo acabó la carrera de medicina, que nunca ejerció, y cuenta su por qué. Sus relatos familiares y las características del zeitgeist son entretenidos. Posteriormente, pasó una buena parte de su vida buscándole su sentido a la vida y en este libro desarrolla una metodología para su contacto con videntes y demás ejecutores de vías alternativas, en su singular educación espiritual.  
Más allá de su vida en Los Ángeles (luego de cumplir el mandato familiar de ser médico, Michael Crichton abandona todo para dedicarse a la escritura y a viajar). Trabaja una temporada en Hollywood, pero su curiosidad innanta lo llevó a conocer culturas y lugares exóticos, entre ellos Nueva Guinea, el Kilimajaro, la selva africana y el desierto norte americano.

En ese momento de mi vida, fue uno de los libros más inspiradores que he leído y recuerdo que mientras lo leía, me embargaba una sensación de que hay que pelear por los sueños, de que todos podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos, o que al menos no hay que tirar la toalla en la vida, ya que por muy absurdo que sea algo, si te gusta, lo tenes que hacer.
Así que ese libro es otra de las semillas que con el tiempo brotó y es una de las razones por las que escribo. En primera instancia escribo porque me gusta hacerlo y lo necesito. En segunda instancia porque me gusta comunicar cosas que otros pueden querer saber y también porque hay suficiente gente que me dice que le gusta lo que transmito.

Desde ese viaje a Patagonia comencé a contarle a otros, cómo eran esos lugares a donde muchos no pueden ir, intentando retomar la posta de esos viajeros nómades que con el tiempo se volvían grandes contadores de historias.


El mapa donde marco los lugares que visité ya es un clásico de donde esté viviendo. Es un recuerdo constante de que no importa con quién esté, ni cuánto gane, la aventura no se acaba jamás. A veces, solamente desacelera, pero jamás se acaba. Lo cual remite a una anécdota de hace poco tiempo atrás. Al borde de separarme y en pleno proceso de reevaluación personal, me escapo a Necochea para pensar en paz. Caminando por la playa con Francisco (hijo de Hernán Ricaldoni y Leticia Locio), y a quien yo considero mi sobrino del alma, de la nada, me dice: “¿La aventura se termina?”. Ahora, qué carajos llevó a que un nene de nueve años, de la nada, me clave semejante pregunta, no lo sé. Mi respuesta sólo puede ser pseudo-mística: Si creyese en ángeles, diría que un ángel guardián, a través del chico, me sacudió para que me despierte de una buena vez. Lo loco es que con la separación en puerta, poco trabajo y otros quilombetes del año pasado, no dudé un segundo y le respondí: “Jamás”. El enano hizo una cara como diciendo: “Mirá vos” y siguió caminando al lado mío como si nada.


La mochila de viaje que me acompaña hace más de una década, es uno de los testimonios de que la aventura no se termina jamás. A veces uno no puede viajar, por varias razones. Entonces hay que esperar y viajar con la mente, prepararse y nunca darse por vencido. Por ahora la mochila espera, cómplice, porque sabe que pronto volveremos a recorrer caminos en Latinoamérica, en busca de más aventuras. Porque aunque la aventura desacelere, no se termina jamás.


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