Perú 99' y Perú Hoy (Parte II).

Perú  Parte II: Machu Picchu, Trujillo, Lima y el regreso a casa (Enero 1999).

La frase “No interesa el objetivo, el viaje es lo que importa” es muy cierta. Una vez llegado a Machu Picchu, pasada la sorpresa de haber doblado en ese risco y encontrarme con la ciudad que supo hallar el saqueador de Hiram Bingham, saqué unas fotos, me abracé con varios y entré en un estado de completa tranquilidad, listo para seguir viajando porque lo más importante ya había pasado.


Machu Picchu (del quechua sureño machu pikchu, "Montaña Vieja") es el nombre contemporáneo que se da a una llaqta (antiguo poblado andino inca) de piedra construida principalmente a mediados del siglo XV, en el promontorio rocoso que une las montañas Machu Picchu y Huayna Picchu, en la vertiente oriental de los Andes Centrales, al sur del Perú. Machu Picchu estuvo oculta de los españoles y otros indígenas hasta julio de 1911, cuando Hiram Bingham las descubrió por error. Bingham estaba tras la pista de las ruinas de Vilcabamba, último refugio de los Incas. La mayoría de los guías afirman que esta región fue despoblada y abandonada antes de la llegada de los conquistadores quizás por alguna enfermedad. También conjeturan en torno a enfrentamientos con otras tribus. Sin embargo, se desconoce la razón de su olvido. Se especula que todo el lugar tiene sólo 200 viviendas, por lo que la población debió haber sido de unos 1.000 habitantes. El hallazgo de un 75 por ciento de esqueletos femeninos sugeriría que la ciudad podría haber sido un refugio para las Vírgenes del Sol de Cusco, versión adoptada por la mayoría de los guías. La superficie edificada es aproximadamente de 530 metros de largo por 200 de ancho, contando con 172 edificios en su área urbana. En 2007 Machu Picchu fue declarada como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno.

La mañana en la que llegamos a las mencionadas ruinas, confirmé mi idea inicial que fueron construidas por el hombre y me acerqué a un restaurant a comer carne de res y usar un baño después de casi una semana.  
Desde la ruinas de Machu Picchu, nos fuimos a reposar a Aguas Calientes donde sus termas nos iban a reconstruir y descansar lo más rápido posible antes de regresar a pie, esquivando el alud. La idea del tour era llegar caminando a Machu Pichu en cuatro días y regresar en tren para aprovechar ambas experiencias, guardar energías y economizar tiempo. Pero como el torrente de agua y barro había cortado los rieles, el tren no podía llegar, y entonces tuvimos que caminar casi un día hasta un tramo donde nos esperaba el tren, lejos del área del alud, en una estación de ferrocarril improvisada a mitad de camino entre Machu Picchu y Cuzco.  


Después de conocer todo Machu Pichu, nos dirigimos a pie a un predio en Aguas Calientes que tenía termas y varias instalaciones para asistir a los turistas.
Aguas Calientes, también llamado Machu Picchu Pueblo, se formó a partir del año 1911 con la inauguración de la construcción de la línea férrea, 10 años más tarde del descubrimiento de la ciudad de Machu Picchu en 1901. Aguas Calientes no tiene carretera integrada a la red nacional de carreteras del Perú. Para llegar a Aguas Calientes sólo se puede llegar por ferrocarril (tres horas desde Cusco) o en helicóptero (30 minutos desde Cusco). Aguas Calientes es la última estación del tren que sale desde Cusco, propiedad de la británica PeruRail. Los baños termales de Aguas Calientes son un lugar muy atractivo, situado a la orilla del río Vilcanota, entre montañas que se elevan como paredes verdes por más de 400 metros, este pequeño pueblo es un gran bazar al aire libre. Lógicamente que recomiendo las aguas termales de Aguas Calientes. Estas piletas comunitarias se encuentran a 10 minutos caminando desde el pueblo de Aguas Calientes y se paga una entrada por persona. Las noches en Aguas Calientes son tranquilas, ya que no hay mucha actividad nocturna en este lugar, un que otro turista sale a tomar algo en los diferentes restaurantes que hay. Los turistas, en su gran mayoría, después de visitar Machu Picchu retornan a la ciudad de Cuzco en el tren. Debido a los costos elevados en Aguas Calientes muchos turistas prefieren los asientos y pisos de la pequeña plaza para descansar y esperar la llegada del tren.

Cuando llegamos a ese pueblo, con el setenta por ciento de mi ropa mojada, lo más importante para mi fue comprar algo de indumentaria barata (compré remeras, pantalones y calzado) para vestir algo seco y nuevo. Comí algo más en un snack bar y tomé una ducha caliente antes y después de entrar a las termas. El recinto donde se ubicaban las termas era bueno y bien decorado. Aunque no era natural, se agradecía el esfuerzo de la estética rústica. La mayoría de los mochileros somos clase media culposa que intenta alejarse del lujo.


En estas termas conocí a la segunda mujer acompañante de estas iniciáticas crónicas de viaje. Carolina era rubia, psicóloga, muy sociable y me daba bola; en ese momento era lo único que necesitaba. Ella era parte del pelotón de la chica que se había accidentado y que habíamos asistido con el cirujano chileno. Me agradeció haber ayudado a la chica y con ella caminé casi todo el día, bordeando los rieles rotos del tren.
Todavía guiados por Willy, la mayoría de mi grupo ya se había separado, dado que algunos habían decidido quedarse más tiempo en las cercanías de Machu Pichu, Aguas Calientes, o partían hacia otros lados, y no regresaban a Cuzco con nosotros. Hablando con la blonda psicóloga le comenté que yo iba a mochilear hacia el norte y seguramente iba a cruzar la frontera con Ecuador. Uno de mis delirios era encontrar a un amigo peruano en Lima (que vivía en Miami pero que quizás se había vuelto, como yo volví a vivir a Buenos Aires) y encontrar a una flaca que me gustaba en Guayaquil (que también vivía en Miami, pero que quizás se había vuelto a su país de origen). Así que junto a Mónica, Martín, Willy, los portadores, varios de la troupe inicial, y algunos adjuntos del otro pelotón, regresamos a pie rumbo a Cuzco.
Finalmente encontramos el tren estacionado en medio de la selva, en un lado donde los rieles estaban sanos, subimos todos a bordo, y regresamos el resto del trayecto en tren. Con lo exhausto que estaba, dormí todo el viaje y no pude ver casi nada. Mónica sacó muchísimas fotos y me contó que la vista es hermosa. Es una mala costumbre que tengo, de vacaciones, en trenes o micros, me duermo; motivo de queja constante de todas mis ex por no disfrutar del paisaje.
Al llegar al hotel, donde habíamos compartido una cama, alquilamos una habitación con una cama matrimonial y un catre, junto a Mónica y Martín, porque ya estábamos acostumbrados a estar juntos. Mónica y Martín viajaban juntos y dormían juntos, pero sólo eran amigos. Con Martín habíamos desarrollado una relación de hermanos y Mónica lo trataba a él como pareja, aunque no lo era, y a mi como a un hijo, aunque sólo me llevaba dos años. Éramos una disfuncional familia mochilera. 

Ese día todos usamos el baño y las duchas, y dormimos casi todo el día hasta tarde en la noche, cuando nos despertamos y nos fuimos a tomar algo y cenar.
Para los tres con pasaporte argentino, era imperativo que comásemos carne roja después de días de alimentarnos con harinas y pescado. Y tomamos mucho alcohol, solamente porque habíamos estado casi una semana sin hacerlo. Observábamos los lugares cercanos a la Plaza de Armas, con quienes habían llegado y nunca se habían querido ir, con quienes acababan de llegar y se los veía tan verdes y perdidos, y con quienes ya teníamos varios días de combate encima y simplemente nos olfateábamos y saludábamos; como ex combatientes volviendo de una campaña. Los locales nos asistían en nuestra estadía y la mayoría de los turistas eran de veinte a cuarenta años, de todas partes del mundo y con muchos valores en común. Éramos todos hermanos y nadie se quería ir. Todos lo teníamos que hacer, teníamos trabajos, estudios, parejas, familiares, o lo que fuese, a quienes regresar, pero una parte nuestra quedó ahí. Y todos con quien hablé, me juraron que iban a regresar, porque Cuzco tiene algo que atrae. Algún día volveré yo también.


Con ese sentimiento de nostalgia permanente, nos cruzamos con Carolina la psicóloga que se nos unió porque estaba sola, y porque Mónica y Martín la invitaban a que me siga, mientras me sugerían que ella era mi Plan B. Yo no estaba muy seguro de hacer algo, porque no era tan linda y era media colgada, pero tanteaba el terreno mientras nos reencontrábamos con quienes habíamos llegado a Machu Pichu. Todos teníamos que seguir viajando, pero todos demorábamos nuestra partida porque Cuzco se sentía demasiado bien como para irse. Todos nos quedamos al menos dos días, y lo único que hacíamos era dormir, almorzar, juntarnos con los argentinos, brasileros e ingleses del pelotón de Machu Pichu en la Plaza de Armas, e ir a tomar, cenar y bailar a un boliche que se llamaba Uptown. Nos recordábamos mutuamente: “Algún día nos vamos a tener que ir”.   
La noche del 29 de enero, estuve con una de las inglesas, pero no voy a dar más datos porque un caballero no tiene memoria. Recuerdo que mientras estábamos juntos con Sarah en el boliche, mi abuelo irlandés me venía a la mente. Una parte suya me debe haber querido matar desde el más allá. Esa noche, sin saberlo, fue mi última noche en Cuzco.

A la mañana siguiente, algo sorprendente ocurrió, quizás la magia de Cuzco era limitada y su efecto se acababa. Mónica y Martín me dijeron que se iban rumbo a Lima, así que yo también iba a tener que seguir viaje, ya que compartía gastos de hotel con ellos. Los acompañé a la agencia de viajes y yo me compré un pasaje a Trujillo, un supuesto paraíso surfer en Perú. De camino a la agencia, vimos una casa con un cartel que decía: “Turistas, lavamos su ropa”. Así que les dejamos tres mochilones de ropa sucia y húmeda y nos quedamos con lo puesto. Recogeríamos la ropa limpia y de ahí nos íbamos a separar cada uno por su lado. Los tres estábamos agotados, pero yo creo que algo finalmente pasó entre Mónica y Martín, o no, mientras yo estaba con la inglesa, y eso desató la partida de Cuzco. De todas maneras, algún día nos teníamos que ir…

Me crucé a Carolina camino al hotel y me comentó que había sacado un pasaje a Trujillo. Una gran coincidencia. Me lo mostró y tenía el mismo día, el mismo horario, y el asiento al lado mío. Atónito, le mostré el mío que acababa de sacar y como a la inglesa le había perdido el rastro y no habíamos quedado en nada, las coincidencias dignas de una película de Hollywood me forzaron a que intente ver qué había de interesante en Carolina y en esas casualidades que el destino me estaba tirando. Así que juntos decidimos seguir rumbo al norte.
Regresé al hotel con mi ropa limpia y me despedí de Martín y Mónica. Intercambiamos información para mandarnos postales y lamento no haber escrito sus apellidos en mis crónicas ya que nunca más los pude rastrear o volver a ver. La despedida fue amena y breve, quisimos hacerlo con gracia para no sufrirla mucho y ambos van a vivir en mi memoria eternamente. Estén donde estén, para mi ninguno de los dos va a envejecer.

Por la noche, ahora junto a Carolina, tomamos el micro rumbo a Trujillo, que pasaba vía Lima. En el micro, lógicamente me quedé dormido. Y aunque con Carolina química no había, hablaba y hablaba y a mi no me importaba nada, por las coincidencias y porque la remaba, seguí de viaje con ella. Llegamos a Trujillo y nos fuimos para un hostel que recomendaba la Lonely Planet. Solamente quedaba disponible una habitación con dos camas separadas, y como ella no tuvo problemas, nos registramos ahí. Ese mismo día decidimos ir juntos a ver las ruinas de Chan Chan y después terminar el día en la playa.


Yo iba a surfear por primera vez y ella iba a tomar sol. Pasamos brevemente por esas ruinas que no tenían nada de interesante y nos fuimos a la playa. Pero el mar en las playas surfer de Huanchaco, Trujillo estaba más planchado que una bañadera y el clima estaba nublado. Con lo cual nos quedamos hablando un rato (me seguía pareciendo sosa y un poco insoportable) y lo mejor de ese día fue que volví a tomar la gaseosa Teem después de más de 15 años.


Trujillo es una ciudad de la costa norte de Perú, capital del departamento de La Libertad y de la provincia de Trujillo. Se halla próxima a las costas del océano Pacífico y es denominada la Ciudad de la Eterna Primavera. Es una ciudad moderna pero con muchas construcciones hispánicas históricas de las cuales resaltan sus balcones coloniales, su hermosa plaza de armas, la catedral y muchos museos. El centro de la ciudad está poblado de diversos monumentos y la arquitectura religiosa de la época virreinal. La metrópoli, cuenta con modernas zonas residenciales, una dinámica zona céntrica comercial principal y varias zonas comerciales importantes. El balneario de Huanchaco se localiza en el distrito del mismo nombre. Es el balneario más importante de la ciudad de Trujillo, donde los mochicas dieron origen al cebiche. En Huanchaco se destaca la práctica del surf y el uso de los caballitos de totora. Por muchos años este medio de transporte fue el símbolo, la demostración y una evidencia palpable de la población de la costa peruana.


Trujillo resultó ser lindo, seguro, acogedor, buena onda. Casi brasilero, diría yo. Lástima que el clima y la compañía, no acompañó mi estadía en ese lugar. El surf iba a quedar para otro viaje.


Por la noche fuimos a tomar algo y a cenar, y ahora era yo el que histeriqueaba y se hacía el boludo porque Carolina no era interesante para nada. Así que la primer noche, mantuvimos las camas separadas, aducimos estar cansados y dormimos hasta el mediodía siguiente. Fue interesante conocer a una mujer que ronca más que yo. En nuestro segundo día en Trujillo, el plan era almorzar, caminar mucho y volver a las playas de Huanchaco, para que yo pueda surfear. Fuimos a almorzar ceviche mixto, picante, y aunque yo no tuve ningún problema, tuvimos que volver rápidamente al baño del hostel porque Carolina se empezó a sentir mal. La habitación tenía un baño en suite, pero su puerta, aunque era de madera, tenía el espesor de una cartulina, y ninguno de los dos lo sabía. Ella entró raudamente al baño, y yo me tiré a la cama a leer La Guerra y la Paz hasta que ella salga. La lectura vino con efectos sonoros, ya que podía escuchar los cañonazos diarreticos de la psicóloga y sus quejidos de los cólicos. Y yo, que no sabía que hacer. Si me iba, era evidente que había escuchado todo, y la vergüenza iba a ser grande para ella. Así que lo mejor que pensé, en ese momento, fue quedarme en la habitación y poner cara de poker, como que no había escuchado nada. Cuando Carolina salió del  baño, el vaho a diarrea inundó la habitación, pero yo igual con mi cara de nada, le pregunté: “¿Todo bien?
-“No, estoy un poquito descompuesta” – respondió. Un poquito, nada. La pobre flaca había bajado dos kilos. Así que media insoportable como era y descompuesta, me decidí a partir lo antes posible. Ya tenía claro que no la iba a tocar ni con un chorro de soda. Sin embargo, ese día me quedé con ella. Fui a una farmacia, le compré pastillas de carbón y agua para que tome. Salimos a caminar, el mar en Huachaco seguía planchado, y me dio la excusa perfecta para decirle: “Che, el mar está muerto acá. Así que yo voy a viajar mañana a la mañana para Ecuador”.
-“Ah, bueno, yo me vuelvo a Lima” – dijo un poco avergonzada. Los dos sabíamos por qué yo me iba, y nos hicimos bien los boludos. Y me alegro que así haya sido.
Esa noche le sugerí comer arroz (“por las dudas, viste” – me seguía haciendo el desentendido) y yo me pedí un hot dog con repollo y jugo de piña. Medio kamikaze lo mío, pero con las comidas soy así. Ella se tomó una 7up, sacándole el gas, y cuando regresamos a la habitación, nos pusimos a preparar el equipaje para irnos por la mañana.

Al día siguiente, nos despertamos temprano y mientras ella desayunaba té, yo me bajaba un licuado de banana, después de haber comprado unos recuerdos del lugar. Comencé a comprar cosas para llevar porque me estaba empezando a sentir muy cansado. Ya habían pasado 3 semanas desde que me había ido de Buenos Aires, y como había escuchado de algunos surfers frustrados en la playa que a Ecuador no valía la pena ir porque había mucho iodo en sus aguas, la sumatoria del cansancio, más el dinero que se agotaba, más los desencuentros amorosos, me estaba quedando con poca energía para entrar a un país más. Así que cuando fuimos a la terminal a sacar los pasajes, a Carolina le dije que me había comprado uno para Quito, pero había sacado uno para Lima y lo había metido rápidamente en la mochila. Hablamos un rato más y le dije que tenga suerte, que siga viajando, que no cambie; muy falso lo mío. Ni le pedí sus datos, encaré para un bus que decía Quito, pero pasé por atrás, y me fui a otro que decía Lima. En ese entré, me senté y me dormí hasta llegar a la capital de Perú.

La capital de Perú heredó su nombre de la palabra aymara “lima-limac o limac-huayta” que designa a una flor amarilla. Se encuentra situada en la costa central del país, a orillas del océano Pacífico, conformando una extensa y poblada área urbana conocida como Lima Metropolitana, flanqueada por el desierto costero y extendida sobre los valles de los ríos Chillón, Rímac y Lurín. En la actualidad se le considera como el centro político, cultural, financiero y comercial del país. A nivel internacional, la ciudad ocupa el quinto lugar dentro de las ciudades más pobladas de América Latina y el Caribe y es una de las treinta aglomeraciones urbanas más pobladas del mundo.


En esa ciudad de hospedé en un hostel en su microcentro. Debería haberme hospedado en algún hostel de Miraflores o San Isidro, que son los barrios más caros y seguros de Lima. Pero me hice el intrépido y me registré en un sitio similar a Constitución, en Buenos Aires. En Lima hacía un calor insoportable, y los limeños cercanos al hostel también lo eran, ya que te veían blanco y te querían llevar a pasear, llevarte a un burdel, los taxistas te pasean, el mal cliché de una ciudad capital. Pero aunque dormía en esa zona de Lima, los cuatro días que me quedé en Lima, estuve casi siempre en Miraflores. Y digo casi siempre, porque ni bien llegué a Lima, dejé mi equipaje en mi habitación y me fui a comer a un Pizza Hut. Hacía muchos años que no comía pizza de esa cadena, y me pedí la más grande, con todos los toppings. No la terminé y antes de salir del restaurant, ya me sentía descompuesto. Tuve que ir al baño mismo de Pizza Hut, porque el que tenía diarrea ahora era yo. El karmita vuelve. Me tomé un taxi y me fui a mi habitación a descansar. Sin entrar en muchos detalles, me intoxiqué con comida (¿Habrá sido la muzzarella o la sumatoria de comidas?).
Estuve dos días enteros durmiendo, tomando agua, devolviendo en un balde mientras iba de cuerpo en el inodoro. Estaba roto y nunca me sentí tan enfermo. Creo que hasta me desmayé sentado en el inodoro. Pero de algún lugar saqué fuerzas y me dije: “No te podés morir en Lima”. Así que después de dos días de tomar agua, comer galletitas crackers y dejar todo en el baño, me arrastré hasta la puerta del hostel (los del hostel ni bola), me tomé un taxi y le dije al chofer que me lleve a una clínica privada. En una riñonera, debajo del boxer, tenía mi pasaporte y una extensión de la Visa Gold de mi padre, para usar en caso de emergencias. Y esta lo era. Así que cuando entré a la clínica, me vieron la cara y de una me sentaron en una silla de ruedas. Les dije a los médicos toda mi travesía y lo que había comido, y entre risas me calmaron y me dijeron que sea la comida o el agua, todos los turistas al mes revientan. Me dieron una intramuscular, la pagué con la tarjeta de crédito, no salió cara la atención y los médicos de esa clínica me salvaron. Me recomendaron que me quede unos días descansando y que después me deje de joder y me vuelva a casa. Y eso hice. Salí de la clínica rengueando por la intramuscular y pasé por la puerta de unas oficinas de Aerolíneas Argentinas. Yo estaba flaco, demacrado, rengo, con el pelo algo largo, con barba de diez días, y vestía una ropa algo hippie. Tenía una pinta de homeless bárbaro y cuando entré en esa oficina, las que atendían en los escritorios, medio que se pusieron nerviosas creyendo que les iba a pedir plata. Hasta que empecé a hablar con acento argentino y ahí se dieron cuenta que podía llegar a ser menos peligroso. Me senté en una silla y encaré a una de las vendedoras:
-Hola, necesito un pasaje a Buenos Aires.
-Hay disponibilidad recién en un par de días…
-No hay problema.
-Y salen caros los pasajes en avión…- dijo la vendedora creyendo que era un homeless argentino que se había vuelto loco y había llegado a Lima de milagro. Acto seguido me meto la mano adentro del pantalón, en dirección al miembro y la flaca se empezó a poner pálida. Y revuelvo mi mano dentro del pantalón y la chica empieza a mirar a sus compañeras y antes que empiece a gritar por auxilio, apoyo mi pasaporte argentino con la Visa Gold. Tac! Hizo el pasaporte al tocar el escritorio, y yo todo el tiempo mirándola a los ojos, porque estaba medicado, y por prejuiciosa. La flaca vio la tarjeta Gold y le cambió la cara. “¿Qué día prefiere regresar a casa Sr. Paolini?” – me preguntó la otaria. Pedí volar dentro de dos días en el primer vuelo del día. En 48 hs iba a poder comer bien, bañarme bien, afeitarme y regresar a Ezeiza viéndome como un ser humano normal, sin que a mi madre le de un patatús.

Me fui hasta el hostel, con la renguera y la pinta de fisura que tenía, ninguno de los rateritos de Lima se me acercaba. Dormí casi todo un día y supongo que por la intramuscular, al otro día ya me sentía mejor.
Los próximos dos días los pasé caminando por la linda y segura Miraflores. Comí sándwiches de pollo y cheeburgers en un Shopping y me acuerdo de haber visto Rush Hour 1 con Jackie Chan. Como ya me sentía más sano, hice algunas compras para regalar y cuando caminaba por la calle, vi que una señora vendía unas brochetes de carne de pollo y res. Pregunté que eran y me dijo que se llamaban Anticuchos. Comí uno de cada uno y estaban muy ricos. Pregunté qué parte del pollo y la vaca tenían, y la señora me dice: “Corazón, señor”.
-“¿Corazón?”
-“Si, señor” – me contestó y me sentí como Stallone en Demolition Man cuando come hamburguesa de rata. Después le pregunté cómo se cocinaba, y en secreto lo preparé y se los di de comer a mis amigos a mi regreso a Buenos Aires :)

El último día, hice el check out del hostel donde les daba lo mismo si vivía o moría. Me tomé un taxi y llegué al aeropuerto. Cuando me subí al avión, me atendió una hermosa azafata argentina que aunque estaba limpio y afeitado, me notó un poco fisurado y me dijo: “¿Necesitás algo?”
-“Que me hables en argentino y que me malcríes hasta que lleguemos a Buenos Aires”.
Y la flaca cumplió, el Latinauta iniciático le debe haber caído simpático y a cada rato me traía algo para tomar o una manta.
Cuando llegué a Ezeiza, mi familia y mis mejores amigos me esperaban.

Cuando hoy veo el mapa de todo el recorrido, ya no me importa cómo empezó (aunque agradezco que gracias a ese viaje desarrollé una carrera), ni como terminó (enfermo y agotado). Lo importante fue el viaje. Misión Cumplida y Terminada. Home Sweet Home.


Perú Hoy
                                                                               
CRONICA LIMADA
por Andrés Accorsi
         
Mi segundo viaje a Perú fue en micro, entrando por un pueblito ignoto en la frontera con Bolivia, a orillas del majestuoso lago Titicaca. El micro fue subiendo, dejó atrás varias ciudades muy pobres, donde se notan mucho las  carencias de la gente (Puno, Julaca...), cruzó los Andes, llegó a Arequipa y siguió, siempre hacia el norte, hasta Lima.

Lima es increíble. Tiene lugares que parecen de Los Ángeles y lugares que parecen localidades pobres del conurbano bonaerense. Lo que no falta en ningún lado es el híper-consumismo: desde ferias muy humildes a shoppings en esteroides (el Centro Comercial San Miguel), todo está pensado para que la gente gaste plata. Todo está abierto a cualquier hora. Salís de una disco en Miraflores (recomiendo Nébula) a las cinco de la matina y no sólo conseguís taxi o colectivo: están abiertos los restaurantes, las farmacias, los supermercados y hasta bancos y casas de cambio!

Si querés escapar del circuito turístico y experimentar, hay una feria grossa en el humilde barrio de San Martín y después, para comprar ropa, tenés Gamarra, una especie de mega-Plaza Once repleta de galerías, repletas de locales, llenas de todo tipo de indumentaria. Acá andá con alguien que conozca, por las dudas. También hay una feria gigante dedicada a los DVDs, CDs y juegos de PlayStation, obviamente pirateados. Y si te va una onda más cheta, donde Miraflores choca contra el Océano Pacífico está el inverosímil Larcomar, un shopping construido adentro de un acantilado, con una vista impresionante.

Otro gastadero de guita importante pueden ser por un lado la gastronomía (está lleno de restaurantes y chiringuitos donde se come bárbaro), y por el otro, si te gustan los juegos de azar, los casinos. Tanto Miraflores como San Miguel están plagados de templos de la timba, inmensos, grandilocuentes, casi dignos de Las Vegas. Se pasan un poquito de estridentes, pero vale la pena entrar a ver qué onda.
Si soportás los embotellamientos infinitos y 24 horas diarias de bocinazos, Lima te va a cautivar.

Andrés Accorsi visitó Perú en Marzo y Agosto de 2011, es Licenciado en Ciencia Política, pero es mayormente conocido por Comiqueando, Tiempos Violentos, Fantabaires, el documental Imaginadores y todo lo demás; es uno de los mejores periodistas especializados en cómics.

Fue gracias a su blog: 365 Comics por Año, y los dos libros que se desprendieron de su material online, que tuve la idea de plasmar mis relatos de viajes primero en este blog y quizás a futuro en un libro, con material ampliado.



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