Perú 99' y Perú Hoy (Parte II).

Perú  Parte II: Machu Picchu, Trujillo, Lima y el regreso a casa (Enero 1999).

La frase “No interesa el objetivo, el viaje es lo que importa” es muy cierta. Una vez llegado a Machu Picchu, pasada la sorpresa de haber doblado en ese risco y encontrarme con la ciudad que supo hallar el saqueador de Hiram Bingham, saqué unas fotos, me abracé con varios y entré en un estado de completa tranquilidad, listo para seguir viajando porque lo más importante ya había pasado.


Machu Picchu (del quechua sureño machu pikchu, "Montaña Vieja") es el nombre contemporáneo que se da a una llaqta (antiguo poblado andino inca) de piedra construida principalmente a mediados del siglo XV, en el promontorio rocoso que une las montañas Machu Picchu y Huayna Picchu, en la vertiente oriental de los Andes Centrales, al sur del Perú. Machu Picchu estuvo oculta de los españoles y otros indígenas hasta julio de 1911, cuando Hiram Bingham las descubrió por error. Bingham estaba tras la pista de las ruinas de Vilcabamba, último refugio de los Incas. La mayoría de los guías afirman que esta región fue despoblada y abandonada antes de la llegada de los conquistadores quizás por alguna enfermedad. También conjeturan en torno a enfrentamientos con otras tribus. Sin embargo, se desconoce la razón de su olvido. Se especula que todo el lugar tiene sólo 200 viviendas, por lo que la población debió haber sido de unos 1.000 habitantes. El hallazgo de un 75 por ciento de esqueletos femeninos sugeriría que la ciudad podría haber sido un refugio para las Vírgenes del Sol de Cusco, versión adoptada por la mayoría de los guías. La superficie edificada es aproximadamente de 530 metros de largo por 200 de ancho, contando con 172 edificios en su área urbana. En 2007 Machu Picchu fue declarada como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno.

La mañana en la que llegamos a las mencionadas ruinas, confirmé mi idea inicial que fueron construidas por el hombre y me acerqué a un restaurant a comer carne de res y usar un baño después de casi una semana.  
Desde la ruinas de Machu Picchu, nos fuimos a reposar a Aguas Calientes donde sus termas nos iban a reconstruir y descansar lo más rápido posible antes de regresar a pie, esquivando el alud. La idea del tour era llegar caminando a Machu Pichu en cuatro días y regresar en tren para aprovechar ambas experiencias, guardar energías y economizar tiempo. Pero como el torrente de agua y barro había cortado los rieles, el tren no podía llegar, y entonces tuvimos que caminar casi un día hasta un tramo donde nos esperaba el tren, lejos del área del alud, en una estación de ferrocarril improvisada a mitad de camino entre Machu Picchu y Cuzco.  


Después de conocer todo Machu Pichu, nos dirigimos a pie a un predio en Aguas Calientes que tenía termas y varias instalaciones para asistir a los turistas.
Aguas Calientes, también llamado Machu Picchu Pueblo, se formó a partir del año 1911 con la inauguración de la construcción de la línea férrea, 10 años más tarde del descubrimiento de la ciudad de Machu Picchu en 1901. Aguas Calientes no tiene carretera integrada a la red nacional de carreteras del Perú. Para llegar a Aguas Calientes sólo se puede llegar por ferrocarril (tres horas desde Cusco) o en helicóptero (30 minutos desde Cusco). Aguas Calientes es la última estación del tren que sale desde Cusco, propiedad de la británica PeruRail. Los baños termales de Aguas Calientes son un lugar muy atractivo, situado a la orilla del río Vilcanota, entre montañas que se elevan como paredes verdes por más de 400 metros, este pequeño pueblo es un gran bazar al aire libre. Lógicamente que recomiendo las aguas termales de Aguas Calientes. Estas piletas comunitarias se encuentran a 10 minutos caminando desde el pueblo de Aguas Calientes y se paga una entrada por persona. Las noches en Aguas Calientes son tranquilas, ya que no hay mucha actividad nocturna en este lugar, un que otro turista sale a tomar algo en los diferentes restaurantes que hay. Los turistas, en su gran mayoría, después de visitar Machu Picchu retornan a la ciudad de Cuzco en el tren. Debido a los costos elevados en Aguas Calientes muchos turistas prefieren los asientos y pisos de la pequeña plaza para descansar y esperar la llegada del tren.

Cuando llegamos a ese pueblo, con el setenta por ciento de mi ropa mojada, lo más importante para mi fue comprar algo de indumentaria barata (compré remeras, pantalones y calzado) para vestir algo seco y nuevo. Comí algo más en un snack bar y tomé una ducha caliente antes y después de entrar a las termas. El recinto donde se ubicaban las termas era bueno y bien decorado. Aunque no era natural, se agradecía el esfuerzo de la estética rústica. La mayoría de los mochileros somos clase media culposa que intenta alejarse del lujo.


En estas termas conocí a la segunda mujer acompañante de estas iniciáticas crónicas de viaje. Carolina era rubia, psicóloga, muy sociable y me daba bola; en ese momento era lo único que necesitaba. Ella era parte del pelotón de la chica que se había accidentado y que habíamos asistido con el cirujano chileno. Me agradeció haber ayudado a la chica y con ella caminé casi todo el día, bordeando los rieles rotos del tren.
Todavía guiados por Willy, la mayoría de mi grupo ya se había separado, dado que algunos habían decidido quedarse más tiempo en las cercanías de Machu Pichu, Aguas Calientes, o partían hacia otros lados, y no regresaban a Cuzco con nosotros. Hablando con la blonda psicóloga le comenté que yo iba a mochilear hacia el norte y seguramente iba a cruzar la frontera con Ecuador. Uno de mis delirios era encontrar a un amigo peruano en Lima (que vivía en Miami pero que quizás se había vuelto, como yo volví a vivir a Buenos Aires) y encontrar a una flaca que me gustaba en Guayaquil (que también vivía en Miami, pero que quizás se había vuelto a su país de origen). Así que junto a Mónica, Martín, Willy, los portadores, varios de la troupe inicial, y algunos adjuntos del otro pelotón, regresamos a pie rumbo a Cuzco.
Finalmente encontramos el tren estacionado en medio de la selva, en un lado donde los rieles estaban sanos, subimos todos a bordo, y regresamos el resto del trayecto en tren. Con lo exhausto que estaba, dormí todo el viaje y no pude ver casi nada. Mónica sacó muchísimas fotos y me contó que la vista es hermosa. Es una mala costumbre que tengo, de vacaciones, en trenes o micros, me duermo; motivo de queja constante de todas mis ex por no disfrutar del paisaje.
Al llegar al hotel, donde habíamos compartido una cama, alquilamos una habitación con una cama matrimonial y un catre, junto a Mónica y Martín, porque ya estábamos acostumbrados a estar juntos. Mónica y Martín viajaban juntos y dormían juntos, pero sólo eran amigos. Con Martín habíamos desarrollado una relación de hermanos y Mónica lo trataba a él como pareja, aunque no lo era, y a mi como a un hijo, aunque sólo me llevaba dos años. Éramos una disfuncional familia mochilera. 

Ese día todos usamos el baño y las duchas, y dormimos casi todo el día hasta tarde en la noche, cuando nos despertamos y nos fuimos a tomar algo y cenar.
Para los tres con pasaporte argentino, era imperativo que comásemos carne roja después de días de alimentarnos con harinas y pescado. Y tomamos mucho alcohol, solamente porque habíamos estado casi una semana sin hacerlo. Observábamos los lugares cercanos a la Plaza de Armas, con quienes habían llegado y nunca se habían querido ir, con quienes acababan de llegar y se los veía tan verdes y perdidos, y con quienes ya teníamos varios días de combate encima y simplemente nos olfateábamos y saludábamos; como ex combatientes volviendo de una campaña. Los locales nos asistían en nuestra estadía y la mayoría de los turistas eran de veinte a cuarenta años, de todas partes del mundo y con muchos valores en común. Éramos todos hermanos y nadie se quería ir. Todos lo teníamos que hacer, teníamos trabajos, estudios, parejas, familiares, o lo que fuese, a quienes regresar, pero una parte nuestra quedó ahí. Y todos con quien hablé, me juraron que iban a regresar, porque Cuzco tiene algo que atrae. Algún día volveré yo también.


Con ese sentimiento de nostalgia permanente, nos cruzamos con Carolina la psicóloga que se nos unió porque estaba sola, y porque Mónica y Martín la invitaban a que me siga, mientras me sugerían que ella era mi Plan B. Yo no estaba muy seguro de hacer algo, porque no era tan linda y era media colgada, pero tanteaba el terreno mientras nos reencontrábamos con quienes habíamos llegado a Machu Pichu. Todos teníamos que seguir viajando, pero todos demorábamos nuestra partida porque Cuzco se sentía demasiado bien como para irse. Todos nos quedamos al menos dos días, y lo único que hacíamos era dormir, almorzar, juntarnos con los argentinos, brasileros e ingleses del pelotón de Machu Pichu en la Plaza de Armas, e ir a tomar, cenar y bailar a un boliche que se llamaba Uptown. Nos recordábamos mutuamente: “Algún día nos vamos a tener que ir”.   
La noche del 29 de enero, estuve con una de las inglesas, pero no voy a dar más datos porque un caballero no tiene memoria. Recuerdo que mientras estábamos juntos con Sarah en el boliche, mi abuelo irlandés me venía a la mente. Una parte suya me debe haber querido matar desde el más allá. Esa noche, sin saberlo, fue mi última noche en Cuzco.

A la mañana siguiente, algo sorprendente ocurrió, quizás la magia de Cuzco era limitada y su efecto se acababa. Mónica y Martín me dijeron que se iban rumbo a Lima, así que yo también iba a tener que seguir viaje, ya que compartía gastos de hotel con ellos. Los acompañé a la agencia de viajes y yo me compré un pasaje a Trujillo, un supuesto paraíso surfer en Perú. De camino a la agencia, vimos una casa con un cartel que decía: “Turistas, lavamos su ropa”. Así que les dejamos tres mochilones de ropa sucia y húmeda y nos quedamos con lo puesto. Recogeríamos la ropa limpia y de ahí nos íbamos a separar cada uno por su lado. Los tres estábamos agotados, pero yo creo que algo finalmente pasó entre Mónica y Martín, o no, mientras yo estaba con la inglesa, y eso desató la partida de Cuzco. De todas maneras, algún día nos teníamos que ir…

Me crucé a Carolina camino al hotel y me comentó que había sacado un pasaje a Trujillo. Una gran coincidencia. Me lo mostró y tenía el mismo día, el mismo horario, y el asiento al lado mío. Atónito, le mostré el mío que acababa de sacar y como a la inglesa le había perdido el rastro y no habíamos quedado en nada, las coincidencias dignas de una película de Hollywood me forzaron a que intente ver qué había de interesante en Carolina y en esas casualidades que el destino me estaba tirando. Así que juntos decidimos seguir rumbo al norte.
Regresé al hotel con mi ropa limpia y me despedí de Martín y Mónica. Intercambiamos información para mandarnos postales y lamento no haber escrito sus apellidos en mis crónicas ya que nunca más los pude rastrear o volver a ver. La despedida fue amena y breve, quisimos hacerlo con gracia para no sufrirla mucho y ambos van a vivir en mi memoria eternamente. Estén donde estén, para mi ninguno de los dos va a envejecer.

Por la noche, ahora junto a Carolina, tomamos el micro rumbo a Trujillo, que pasaba vía Lima. En el micro, lógicamente me quedé dormido. Y aunque con Carolina química no había, hablaba y hablaba y a mi no me importaba nada, por las coincidencias y porque la remaba, seguí de viaje con ella. Llegamos a Trujillo y nos fuimos para un hostel que recomendaba la Lonely Planet. Solamente quedaba disponible una habitación con dos camas separadas, y como ella no tuvo problemas, nos registramos ahí. Ese mismo día decidimos ir juntos a ver las ruinas de Chan Chan y después terminar el día en la playa.


Yo iba a surfear por primera vez y ella iba a tomar sol. Pasamos brevemente por esas ruinas que no tenían nada de interesante y nos fuimos a la playa. Pero el mar en las playas surfer de Huanchaco, Trujillo estaba más planchado que una bañadera y el clima estaba nublado. Con lo cual nos quedamos hablando un rato (me seguía pareciendo sosa y un poco insoportable) y lo mejor de ese día fue que volví a tomar la gaseosa Teem después de más de 15 años.


Trujillo es una ciudad de la costa norte de Perú, capital del departamento de La Libertad y de la provincia de Trujillo. Se halla próxima a las costas del océano Pacífico y es denominada la Ciudad de la Eterna Primavera. Es una ciudad moderna pero con muchas construcciones hispánicas históricas de las cuales resaltan sus balcones coloniales, su hermosa plaza de armas, la catedral y muchos museos. El centro de la ciudad está poblado de diversos monumentos y la arquitectura religiosa de la época virreinal. La metrópoli, cuenta con modernas zonas residenciales, una dinámica zona céntrica comercial principal y varias zonas comerciales importantes. El balneario de Huanchaco se localiza en el distrito del mismo nombre. Es el balneario más importante de la ciudad de Trujillo, donde los mochicas dieron origen al cebiche. En Huanchaco se destaca la práctica del surf y el uso de los caballitos de totora. Por muchos años este medio de transporte fue el símbolo, la demostración y una evidencia palpable de la población de la costa peruana.


Trujillo resultó ser lindo, seguro, acogedor, buena onda. Casi brasilero, diría yo. Lástima que el clima y la compañía, no acompañó mi estadía en ese lugar. El surf iba a quedar para otro viaje.


Por la noche fuimos a tomar algo y a cenar, y ahora era yo el que histeriqueaba y se hacía el boludo porque Carolina no era interesante para nada. Así que la primer noche, mantuvimos las camas separadas, aducimos estar cansados y dormimos hasta el mediodía siguiente. Fue interesante conocer a una mujer que ronca más que yo. En nuestro segundo día en Trujillo, el plan era almorzar, caminar mucho y volver a las playas de Huanchaco, para que yo pueda surfear. Fuimos a almorzar ceviche mixto, picante, y aunque yo no tuve ningún problema, tuvimos que volver rápidamente al baño del hostel porque Carolina se empezó a sentir mal. La habitación tenía un baño en suite, pero su puerta, aunque era de madera, tenía el espesor de una cartulina, y ninguno de los dos lo sabía. Ella entró raudamente al baño, y yo me tiré a la cama a leer La Guerra y la Paz hasta que ella salga. La lectura vino con efectos sonoros, ya que podía escuchar los cañonazos diarreticos de la psicóloga y sus quejidos de los cólicos. Y yo, que no sabía que hacer. Si me iba, era evidente que había escuchado todo, y la vergüenza iba a ser grande para ella. Así que lo mejor que pensé, en ese momento, fue quedarme en la habitación y poner cara de poker, como que no había escuchado nada. Cuando Carolina salió del  baño, el vaho a diarrea inundó la habitación, pero yo igual con mi cara de nada, le pregunté: “¿Todo bien?
-“No, estoy un poquito descompuesta” – respondió. Un poquito, nada. La pobre flaca había bajado dos kilos. Así que media insoportable como era y descompuesta, me decidí a partir lo antes posible. Ya tenía claro que no la iba a tocar ni con un chorro de soda. Sin embargo, ese día me quedé con ella. Fui a una farmacia, le compré pastillas de carbón y agua para que tome. Salimos a caminar, el mar en Huachaco seguía planchado, y me dio la excusa perfecta para decirle: “Che, el mar está muerto acá. Así que yo voy a viajar mañana a la mañana para Ecuador”.
-“Ah, bueno, yo me vuelvo a Lima” – dijo un poco avergonzada. Los dos sabíamos por qué yo me iba, y nos hicimos bien los boludos. Y me alegro que así haya sido.
Esa noche le sugerí comer arroz (“por las dudas, viste” – me seguía haciendo el desentendido) y yo me pedí un hot dog con repollo y jugo de piña. Medio kamikaze lo mío, pero con las comidas soy así. Ella se tomó una 7up, sacándole el gas, y cuando regresamos a la habitación, nos pusimos a preparar el equipaje para irnos por la mañana.

Al día siguiente, nos despertamos temprano y mientras ella desayunaba té, yo me bajaba un licuado de banana, después de haber comprado unos recuerdos del lugar. Comencé a comprar cosas para llevar porque me estaba empezando a sentir muy cansado. Ya habían pasado 3 semanas desde que me había ido de Buenos Aires, y como había escuchado de algunos surfers frustrados en la playa que a Ecuador no valía la pena ir porque había mucho iodo en sus aguas, la sumatoria del cansancio, más el dinero que se agotaba, más los desencuentros amorosos, me estaba quedando con poca energía para entrar a un país más. Así que cuando fuimos a la terminal a sacar los pasajes, a Carolina le dije que me había comprado uno para Quito, pero había sacado uno para Lima y lo había metido rápidamente en la mochila. Hablamos un rato más y le dije que tenga suerte, que siga viajando, que no cambie; muy falso lo mío. Ni le pedí sus datos, encaré para un bus que decía Quito, pero pasé por atrás, y me fui a otro que decía Lima. En ese entré, me senté y me dormí hasta llegar a la capital de Perú.

La capital de Perú heredó su nombre de la palabra aymara “lima-limac o limac-huayta” que designa a una flor amarilla. Se encuentra situada en la costa central del país, a orillas del océano Pacífico, conformando una extensa y poblada área urbana conocida como Lima Metropolitana, flanqueada por el desierto costero y extendida sobre los valles de los ríos Chillón, Rímac y Lurín. En la actualidad se le considera como el centro político, cultural, financiero y comercial del país. A nivel internacional, la ciudad ocupa el quinto lugar dentro de las ciudades más pobladas de América Latina y el Caribe y es una de las treinta aglomeraciones urbanas más pobladas del mundo.


En esa ciudad de hospedé en un hostel en su microcentro. Debería haberme hospedado en algún hostel de Miraflores o San Isidro, que son los barrios más caros y seguros de Lima. Pero me hice el intrépido y me registré en un sitio similar a Constitución, en Buenos Aires. En Lima hacía un calor insoportable, y los limeños cercanos al hostel también lo eran, ya que te veían blanco y te querían llevar a pasear, llevarte a un burdel, los taxistas te pasean, el mal cliché de una ciudad capital. Pero aunque dormía en esa zona de Lima, los cuatro días que me quedé en Lima, estuve casi siempre en Miraflores. Y digo casi siempre, porque ni bien llegué a Lima, dejé mi equipaje en mi habitación y me fui a comer a un Pizza Hut. Hacía muchos años que no comía pizza de esa cadena, y me pedí la más grande, con todos los toppings. No la terminé y antes de salir del restaurant, ya me sentía descompuesto. Tuve que ir al baño mismo de Pizza Hut, porque el que tenía diarrea ahora era yo. El karmita vuelve. Me tomé un taxi y me fui a mi habitación a descansar. Sin entrar en muchos detalles, me intoxiqué con comida (¿Habrá sido la muzzarella o la sumatoria de comidas?).
Estuve dos días enteros durmiendo, tomando agua, devolviendo en un balde mientras iba de cuerpo en el inodoro. Estaba roto y nunca me sentí tan enfermo. Creo que hasta me desmayé sentado en el inodoro. Pero de algún lugar saqué fuerzas y me dije: “No te podés morir en Lima”. Así que después de dos días de tomar agua, comer galletitas crackers y dejar todo en el baño, me arrastré hasta la puerta del hostel (los del hostel ni bola), me tomé un taxi y le dije al chofer que me lleve a una clínica privada. En una riñonera, debajo del boxer, tenía mi pasaporte y una extensión de la Visa Gold de mi padre, para usar en caso de emergencias. Y esta lo era. Así que cuando entré a la clínica, me vieron la cara y de una me sentaron en una silla de ruedas. Les dije a los médicos toda mi travesía y lo que había comido, y entre risas me calmaron y me dijeron que sea la comida o el agua, todos los turistas al mes revientan. Me dieron una intramuscular, la pagué con la tarjeta de crédito, no salió cara la atención y los médicos de esa clínica me salvaron. Me recomendaron que me quede unos días descansando y que después me deje de joder y me vuelva a casa. Y eso hice. Salí de la clínica rengueando por la intramuscular y pasé por la puerta de unas oficinas de Aerolíneas Argentinas. Yo estaba flaco, demacrado, rengo, con el pelo algo largo, con barba de diez días, y vestía una ropa algo hippie. Tenía una pinta de homeless bárbaro y cuando entré en esa oficina, las que atendían en los escritorios, medio que se pusieron nerviosas creyendo que les iba a pedir plata. Hasta que empecé a hablar con acento argentino y ahí se dieron cuenta que podía llegar a ser menos peligroso. Me senté en una silla y encaré a una de las vendedoras:
-Hola, necesito un pasaje a Buenos Aires.
-Hay disponibilidad recién en un par de días…
-No hay problema.
-Y salen caros los pasajes en avión…- dijo la vendedora creyendo que era un homeless argentino que se había vuelto loco y había llegado a Lima de milagro. Acto seguido me meto la mano adentro del pantalón, en dirección al miembro y la flaca se empezó a poner pálida. Y revuelvo mi mano dentro del pantalón y la chica empieza a mirar a sus compañeras y antes que empiece a gritar por auxilio, apoyo mi pasaporte argentino con la Visa Gold. Tac! Hizo el pasaporte al tocar el escritorio, y yo todo el tiempo mirándola a los ojos, porque estaba medicado, y por prejuiciosa. La flaca vio la tarjeta Gold y le cambió la cara. “¿Qué día prefiere regresar a casa Sr. Paolini?” – me preguntó la otaria. Pedí volar dentro de dos días en el primer vuelo del día. En 48 hs iba a poder comer bien, bañarme bien, afeitarme y regresar a Ezeiza viéndome como un ser humano normal, sin que a mi madre le de un patatús.

Me fui hasta el hostel, con la renguera y la pinta de fisura que tenía, ninguno de los rateritos de Lima se me acercaba. Dormí casi todo un día y supongo que por la intramuscular, al otro día ya me sentía mejor.
Los próximos dos días los pasé caminando por la linda y segura Miraflores. Comí sándwiches de pollo y cheeburgers en un Shopping y me acuerdo de haber visto Rush Hour 1 con Jackie Chan. Como ya me sentía más sano, hice algunas compras para regalar y cuando caminaba por la calle, vi que una señora vendía unas brochetes de carne de pollo y res. Pregunté que eran y me dijo que se llamaban Anticuchos. Comí uno de cada uno y estaban muy ricos. Pregunté qué parte del pollo y la vaca tenían, y la señora me dice: “Corazón, señor”.
-“¿Corazón?”
-“Si, señor” – me contestó y me sentí como Stallone en Demolition Man cuando come hamburguesa de rata. Después le pregunté cómo se cocinaba, y en secreto lo preparé y se los di de comer a mis amigos a mi regreso a Buenos Aires :)

El último día, hice el check out del hostel donde les daba lo mismo si vivía o moría. Me tomé un taxi y llegué al aeropuerto. Cuando me subí al avión, me atendió una hermosa azafata argentina que aunque estaba limpio y afeitado, me notó un poco fisurado y me dijo: “¿Necesitás algo?”
-“Que me hables en argentino y que me malcríes hasta que lleguemos a Buenos Aires”.
Y la flaca cumplió, el Latinauta iniciático le debe haber caído simpático y a cada rato me traía algo para tomar o una manta.
Cuando llegué a Ezeiza, mi familia y mis mejores amigos me esperaban.

Cuando hoy veo el mapa de todo el recorrido, ya no me importa cómo empezó (aunque agradezco que gracias a ese viaje desarrollé una carrera), ni como terminó (enfermo y agotado). Lo importante fue el viaje. Misión Cumplida y Terminada. Home Sweet Home.


Perú Hoy
                                                                               
CRONICA LIMADA
por Andrés Accorsi
         
Mi segundo viaje a Perú fue en micro, entrando por un pueblito ignoto en la frontera con Bolivia, a orillas del majestuoso lago Titicaca. El micro fue subiendo, dejó atrás varias ciudades muy pobres, donde se notan mucho las  carencias de la gente (Puno, Julaca...), cruzó los Andes, llegó a Arequipa y siguió, siempre hacia el norte, hasta Lima.

Lima es increíble. Tiene lugares que parecen de Los Ángeles y lugares que parecen localidades pobres del conurbano bonaerense. Lo que no falta en ningún lado es el híper-consumismo: desde ferias muy humildes a shoppings en esteroides (el Centro Comercial San Miguel), todo está pensado para que la gente gaste plata. Todo está abierto a cualquier hora. Salís de una disco en Miraflores (recomiendo Nébula) a las cinco de la matina y no sólo conseguís taxi o colectivo: están abiertos los restaurantes, las farmacias, los supermercados y hasta bancos y casas de cambio!

Si querés escapar del circuito turístico y experimentar, hay una feria grossa en el humilde barrio de San Martín y después, para comprar ropa, tenés Gamarra, una especie de mega-Plaza Once repleta de galerías, repletas de locales, llenas de todo tipo de indumentaria. Acá andá con alguien que conozca, por las dudas. También hay una feria gigante dedicada a los DVDs, CDs y juegos de PlayStation, obviamente pirateados. Y si te va una onda más cheta, donde Miraflores choca contra el Océano Pacífico está el inverosímil Larcomar, un shopping construido adentro de un acantilado, con una vista impresionante.

Otro gastadero de guita importante pueden ser por un lado la gastronomía (está lleno de restaurantes y chiringuitos donde se come bárbaro), y por el otro, si te gustan los juegos de azar, los casinos. Tanto Miraflores como San Miguel están plagados de templos de la timba, inmensos, grandilocuentes, casi dignos de Las Vegas. Se pasan un poquito de estridentes, pero vale la pena entrar a ver qué onda.
Si soportás los embotellamientos infinitos y 24 horas diarias de bocinazos, Lima te va a cautivar.

Andrés Accorsi visitó Perú en Marzo y Agosto de 2011, es Licenciado en Ciencia Política, pero es mayormente conocido por Comiqueando, Tiempos Violentos, Fantabaires, el documental Imaginadores y todo lo demás; es uno de los mejores periodistas especializados en cómics.

Fue gracias a su blog: 365 Comics por Año, y los dos libros que se desprendieron de su material online, que tuve la idea de plasmar mis relatos de viajes primero en este blog y quizás a futuro en un libro, con material ampliado.



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Perú 99' y Perú Hoy.

Perú  Parte I: Cuzco y Camino del Inca (Enero 1999).

Al cruzar la frontera y entrar en Perú, tomamos un bus directo a Cuzco. En el micro veníamos sentados de dos en dos. Mónica y Martín, Eugenia y yo. Llegando a Cuzco, María Eugenia me dice:
-Cuando lleguemos, vayan para el hotel que yo me voy a tomar el tren que va a Machu Pichu.
-¿No vas a hacer el Camino del Inca? – pregunté.
-No.
-Viniste hasta acá para hacer eso…
-Sí, pero quiero hacerlo en tren y volver a Buenos Aires. ¿Querés venir conmigo?
-No, yo lo voy a hacer a pie – respondí con el dolor de saber que mi historia con ella terminaba ahí, porque hacer el Camino del Inca a pie era el principal propósito del viaje y si me iba con ella, nada me garantizaba que la magia iba a llegar de repente.
Al bajar del micro, Mónica y Martín nos miraban detectando que algo había pasado. A veces uno recupera su instinto animal y simplemente siente cosas antes de saberlas. María Eugenia se acercó, les explicó, yo les comenté que la iba a acompañar hasta la estación y Martín ofreció llevar mi equipaje hasta el hotel, que ya teníamos reservado por teléfono. No hubo diálogo en esas cuadras desde la terminal de micro hasta la terminal de tren, ella iba callada y yo también, asimilando la derrota final. Cuando llegamos, había un tren que salía en cinco minutos y María Eugenia decidió tomar ese (mejor ponerle un final rápido, habrá pensado). Lo que siguió, fue uno de los diálogos más patéticos de los que participé:
-Te voy a extrañar – dije yo (y qué quieren, tenía 23 y estaba enamorado).
-¿Me prestás 50 pesos? – contestó ella (tenía hielo en la sangre, quizás hoy sea asesina a sueldo).
Como un nabo le presté los cincuenta pesos, me dio un beso y se fue…

La historia oficial, cuenta que nunca más la volví a ver. Pero no es cierto, en el año 2001 la crucé al lado mío, caminando por la vereda, teñida de rubio (quizás sí se convirtió en asesina a sueldo y estaba de incógnito:). Los dos íbamos por la calle Moreno (yo salía de la facultad y ella iba rumbo a ese recinto, yo cursaba en el turno noche y sospecho que ella siguió cursando ahí a la mañana). No sé si me vio, pero yo me hice el boludo, como que no la vi, pero era ella. Y hace unos años, una noche de tragos en Ramos Mejía, y porque un amigo oscuro insistió, logré encontrar un perfil de ella en una página web similar a Linkedyn, donde se ofrecía como traductora de inglés-español en Nueva Zelanda.
Esté donde esté, espero que le vaya bien.

Al volver al hotel, supongo que me pisaba la cara y me veía triste y derrotado. Razón por la cual Martín y unos pibes que estaban sentados en el lobby, en una mesa jugando a las cartas, me recibieron con un: “¿Sabés jugar al póker?”. “No” – respondí. "Sentate y aprendé, y no te calentés, las mujeres están todas locas" – remató un desconocido en la mesa, uniéndonos en el viaje y en el descontento que podemos llegar a sufrir a veces en un encuentro con el sexo opuesto. Martín les habría contado o simplemente lo olfatearon, y no me pudieron dejar solo. Esa tarde de póker fuimos todos hermanos y duró hasta la noche. Del lobby nos fuimos a tomar a un bar irlandés que había a una cuadra de la plaza principal de Cuzco; que abrió un dublinés que se enamoró de la ciudad y su población nativa y mochilera. El pub Paddy Flaherty’s nos dio el refugio para matar penas y hablar de cuestiones universales hasta tarde de noche, cuando decidimos irnos a dormir un rato en una cama, antes de despertarnos, desayunar e ir a contratar un guía para que nos conduzca a hacer El Camino del Inca a pie. Como se debe hacer.

Al llegar al hotel, borrachos, el de la recepción nos dice que como se había roto el baño en suite de la habitación con las dos camas matrimoniales que teníamos reservada, nos había cambiado a una con una sola cama matrimonial, dado que solamente éramos tres ahora, y que Mónica ya se había pasado. Y nos miró como diciendo: "Arreglensé". Cuando llegamos a la habitación Mónica estaba durmiendo y se despertó:
-Lo único que les pido es que uno duerma en el piso, porque yo voy a dormir en la cama – dijo sonriendo.
-Dejate de joder, entramos los tres – remató Martín con una sonrisa y se tiró vestido a la cama. Y yo lo seguí. Mónica había perdido, pero como última suplica, al menos pidió dormir no en el medio de los dos varones borrachos, y que tratemos de no generar muchas flatulencias. Con lo de dormir de costado, no hubo problema, Martín se puso al medio y yo me quedé del otro lado de la cama. Con las flatulencias, la pobre Moni volvió a perder:)

A la mañana siguiente, la colorada se despertó y se fue a comprar artesanías mientras el pelado y yo nos quedamos durmiendo en la cama hasta el mediodía. Nos despertamos, nos cagamos de risa de la madrugada de borrachera, de dormir apretados al lado de Mónica, y del campeonato de meteorismo producto de toda la Guinness que habíamos tomado.
Salimos a la calle a buscar a Moni y al pasar por un comedero (lugar no turístico donde comen los locales y los turistas no se meten), olía tan bien, que nos metimos a almorzar. Comimos Chuleta frita y Tallarines saltados, y bebimos Chicha de Frutilla (no recomiendo la chicha). Nos cruzamos con Mónica en las calles cerca de la plaza principal y encontramos una agencia de turismo para hacer el Camino del Inca con un guía a un precio que nos cerraba. Después yo me corté solo para recorrer el resto de la ciudad y sacar fotos, mientras ellos compraban recuerdos para sus familiares.


Yo recuerdos y artesanías no iba a comprar porque no sabía dónde iba a terminar mi viaje. A raíz de esto, recuerdo un dialogo telefónico con mi madre en el cual me decía: “¿Dónde estás? Hubo un terremoto en Colombia!”. “Bárbaro – respondí – pero yo estoy en Perú”. Les recuerdo que eran tiempos donde no existía Internet, ni celulares, de manera masiva. Así que yo me fui y cada tanto llamaba y daba posición. Una vez desde el Norte Argentino, una vez desde Bolivia, y esa vez desde Perú.

Ese mismo día, los tres nos encontramos más tarde en la plaza principal e hicimos un tour a las ruinas de Sacsayhuamán: Uno de los más soberbios complejos arquitectónicos heredados de los Incas, Quechuas, Andinos o como se quiera denominar a los habitantes precolombinos de esa parte del mundo. El nombre original del lugar todavía causa controversia, ya que existen muchas interpretaciones: "Cabeza jaspeada", sería el más aceptado hoy día. Su construcción fue iniciada por el Noveno Inca: Pachakuteq, con posterioridad a 1438. La "construcción ceremonial" de Sacsayhuamán está ubicada a 2 km del Cuzco, capital del antiguo Imperio Inca; se encuentra a una altura de 3.700 msnm y abarca una extensión de 3.093 hectáreas. El parque se halla emplazado sobre una colina al norte de la Plaza de Armas de la ciudad del Cusco y está unida a su centro histórico por los antiguos barrios Inka de Qolqampata (hoy San Cristóbal) y Toqocachi (hoy San Blas). Actualmente se puede apreciar sólo el 20% de lo que fue el grupo arquitectónico, ya que, en la Conquista, los españoles desarmaron sus muros y torreones para neutralizar su uso en un eventual ataque como el ocurrido en el levantamiento de Manco Inca en 1536. Fueron aprovechadas sus piedras para construir casas e iglesias en el Cuzco.
La fortaleza de Saqsaywaman considerada como un prodigio de arquitectura militar, fue construida durante el reinado de Túpac Yupanqui, por un pueblo que no conocía la rueda, pero que fue capaz de levantar piedras de 300 toneladas…


Me digan lo que me digan, el volumen de esas piedras y el encastre perfecto entre roca y roca, no puede haber sido hecho por humanos. Aunque la fuente de la juventud seguramente fue hecha por los Incas, y tan mal no funciona porque todavía no tengo canas.


Cuando terminamos de maravillarnos con las ruinas de Saqsaywaman, regresamos a Cuzco. Cozqo, como dirían los locales, tiene algo que atrae. Yo no soy místico, ni religioso, pero honestamente esa ciudad tiene algo especial, mágico. Simplemente con llegar, te inunda la buena onda y te sentís bien. Completo. O sea, me dejó una flaca hermosa que me histeriqueó una semana, y gracias a Cuzco, y al apoyo chongo de turno, no sufrí mucho.


Supongo que las ciudades, como la gente, tienen una personalidad particular. Cuzco tiene una personalidad calma, sabía y hospitalaria. No es como otras ciudades a las que no les importa que las visites. O como otras urbes que se expanden como un cáncer. O que preferirían vivir en otro país. Cuzco es una ciudad que recuerda su pasado glorioso y sangriento, pero que se alegra que nuevas generaciones la visiten y la respeten con el paso del tiempo. Por ahora, Cuzco se mantiene en su lugar, dormida, tranquila, agradecida; pero hay que aprender a respetar a las ciudades y no ofenderlas. Quizás un día Buenos Aires se levante y finalmente cruce el Atlántico, para vivir en Europa, donde siempre sintió que era el lugar al que pertenecía. O Manhattan, harta de su gente, se despierte y se mude al medio de los Estados Unidos para volver a la tranquilidad de cuando era sólo una tierra agrícola.
Nunca le falten el respeto a una ciudad, cuídenlas, aunque estén de paso. Son más grandes, más viejas y más sabías que nosotros; y han aprendido a esperar…

Cuzco se encuentra ubicada en la zona suroriental del país, flanqueada por zonas de sierras y selva, a 3,360 msnm. Tiene una extensión de 71,892 kilómetros cuadrados y la distancia a Lima es de 1,153 kilómetros. Se dice que la ciudad del Cuzco fue fundada alrededor del siglo XI por Manco Cápac (por más info ver Latinauta: Bolivia) que, según la leyenda, emergió del Lago Titicaca. Cozqo, ciudad sagrada y capital del Tahuantinsuyo, fue el centro de gobierno de las cuatro extensas regiones del imperio incaico, el cual llegó a abarcar gran parte de lo que hoy es Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. Su sociedad fue un admirable ejemplo de organización político - social por sus grandes conocimientos en arquitectura, ingeniería hidráulica, medicina, agricultura, etc. El 23 de marzo de 1534, Francisco Pizarro fundó sobre la ciudad del Cuzco una ciudad española que se construyó sobre los cimientos incas, convirtiéndola así en ejemplo de fusión cultural, habiendo heredado monumentos arquitectónicos y obras de arte de valor incalculable. Con el descubrimiento de Machu Picchu, hecho por Hiran Bighman en 1910, Perú se pone en boca del mundo entero. Sus principales atractivos son: La Plaza de Armas, el templo de Sacsayhuamán, el Barrio de San Blas y la Catedral. Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1983 por la Unesco, suele ser denominada, debido a la gran cantidad de monumentos que tiene, como la "Roma de America”. Cuenta con una población estimada de 358,052 según el censo peruano de 2007. Considerando únicamente su emplazamiento como capital del Imperio Incaico, Cuzco aparece como la ciudad habitada más antigua de toda América.
Siempre me va a maravillar el estilo arquitectónico, alrededor de la Plaza de Armas, y las subidas y bajadas de sus calles. Algún día voy a volver a pisar esa maravillosa ciudad.


Al otro día nos despertamos a las 6:30 a.m. Abandonamos la habitación, dejamos parte del equipaje en un locker, y salimos con nuestro equipo de mochilero rumbo a la Plaza de Armas para unirnos al resto del tour, comandado por el guía llamado Willy. El grupo era la heterogénea suma de argentinos, pocos brasileros, dos inglesas, un chileno, un tano y una gringa. Desde la icónica Plaza de Armas, plaza principal de Cuzco, nos tomamos un micro que nos dejó a los pies de la selva.


Caminamos por horas cuesta arriba y cuesta abajo. Yo, instruido por las guías de Lonely Planet, vestía remera y pantalón con bolsillos a los costados y botas de trekking. En la mochila tenía comida, remeras, un pantalón extra, ropa interior, mi bolsa de dormir y un botiquín de primeros auxilios (ya en esa época era auxiliar de Cruz Roja, y según mi entrenador el kit estaba preparado para Ruanda). Sólo nos detuvimos ese día cuando se largó a llover, y entonces Willy decidió que era mejor comer a reparo mientras llovía. Un detalle interesante del equipo expedicionario eran los “portadores”. Los portadores eran unos pibes locales, flaquitos, vestidos con remeras, shorts y en chancletas, que iban delante de todo y le marcaban al guía por donde era mejor pasar y pisar. No sólo eran punta de lanza, sino que llevaban unos mochilones donde cargaban las carpas, las ollas, la comida para los cuatro días y las mochilas de quienes no las querían llevar. Yo siempre llevé la mía porque parte de la experiencia es sufrir las malas. Pero siempre me voy a acordar de esos pibes que saltaban de piedra en piedra, con los bultos en la espalda, como si fueran ninjas en un anime. El equipo de veintidós mochileros, el guía Willy y los portadores, éramos la unidad que comenzó a hacer El Camino del Inca ese día rumbo a Machu Pichu.

El Camino del Inca a Machu Picchu es parte de una sistema de más de 30,000 kilómetros de caminos que integraron las vasta red del Tawantinsuyo, desde el sur de Colombia hasta el centro de Chile pasando por Quito, Ecuador; Cajamarca, Huanuco, Jauja, Huamanga y Cusco en el Perú; La Paz y Cochabamba en Bolivia hasta Salta y Tucumán en Argentina. El Camino del Inca de Perú, descubierto por Hiram Bingham en 1915 (4 años después del descubrimiento de Machu Picchu) es el más popular de los circuitos que existen en América del Sur. Este sendero de más de 400 años de historia tiene distintos accesos: el del Km. 82 (a 5 km. De Chillca), al cual se puede llegar en tren o en bus, el del Km. 88, en Qorihayrachina, al cual se arriba en tren, o bien el del Km. 104 en Calchabamba, al que se llega en tren. Este último acceso permite acortar el trayecto de 4 a 2 días, ofreciendo un número inferior de ruinas a la vista del caminante. Yo salí desde el Km. 82, a pie, siguiendo unas vías de tren y luego cruzando un puente movedizo, y María Eugenia supongo habrá salido del Km. 104, para volver rápidamente a Buenos Aires…
Cuando llegamos a Wayllabamba (3.000 msnm), los portadores prepararon el campamento, y armaron sándwiches de palta, atún y queso de cabra. Había que comer lo que nos daban porque tenían los componentes calóricos y proteicos necesarios para caminar cuatro días en esa selva montañosa. Muy pocos se resistían. Yo me lo tomé como un campo de entrenamiento y comía lo que me daban. Además, después de caminar todo el día, tenía tanto apetito que hubiese comido piedras si me dejaban. Los sherpas, como le decía yo a los portadores, armaron el campamento cerca de las cinco de la tarde, y comimos cerca de las siete de la tarde. Así que ese día habíamos caminado al menos ocho horas y estábamos exhaustos por ser el primero, y por tener que ayudar a armar el resto del campamento.


De esa caminata de ocho horas, recuerdo que todo se basaba en seguir al guía, y sus indicaciones, y caminar pisando firme rocas y barro, constantemente. Aunque de a ratos venía una brisa con olor a estiércol y animales muertos, la vista de todo el recorrido fue genial, de película y honestamente indescriptible. Creo que voy a estar muriéndome y me voy a acordar de esos días, como parte de los días en los que me sentí muy feliz.
Después de comer, fogón controlado de por medio, nos sentábamos casi todos juntos a contar historias y tomar té de coca para empezar a hacerle el aguante al mal de altura, que por suerte nunca sufrí. Y era gracioso, aunque muchos se asustaban en medio de la noche, cuando atraídos por el fuego del fogón, en medio de la jungla, aparecían nenes que vivían en la montaña misma, queriendo vendernos barras de chocolate. Eran simpáticos, como traviesos duendes Incas que aparecían de la nada, y los portadores los ahuyentaban. El chileno tocaba la flauta al lado del fogón y el ambiente no podía ser mejor.
Nos acostamos temprano para levantarnos de madrugada, desayunar y caminar todo el día subiendo de 3100 metros a 4200 metros sobre el nivel del mar. El desayuno, a las seis de la mañana, tenía avena, pan con manteca y más té de coca. Las noches en la jungla son muy frías, aunque en enero estén en pleno verano en Perú. El camino fue difícil, pero lo interesante era la bruma que nos rodeaba a medida que subíamos. Sin lluvia y sin sol, nos beneficiaba que estuviese nublado y que la neblina nos mantenga frescos mientras subíamos kilómetros y kilómetros cuesta arriba.
Fui el quinto en hacer cumbre ese día y llegar a los 4200 metros. Desde ahí se armó un sub grupo de argentinos que éramos siempre los primeros en llegar. Yo dormía y comía con Martín y Mónica, pero durante el día, caminaba junto a quienes íbamos a la vanguardia.


En esa altura, la cumbre tenía hielo y nieve, y lógicamente emboscamos a todos los que llegaron después que nosotros y los recibimos a bolazos de nieve en la cara y la espalda. La Vanguardia es así :)


Esa tarde avanzamos un poco más e hicimos otro campamento para comer y dormir. Y Willy también nos ordenó ir de cuerpo, porque sino íbamos a llegar enfermos a Machu Pichu. También nos pidió que entre nosotros nos avisemos dónde y cuándo íbamos, porque no era agradable que uno vaya a los yuyos y se sorprenda con un compañero/a haciendo fuerza. Así que desde ese día, con Martín, después de comer, avisábamos a todos los del fogón: “Nos vamos 10 metros para allá, al Café Tortoni”:) Otros hacían lo mismo pero decían ir a “Boston”. Y la otra parte del chiste era gritar: “Shazam!”, cuando habíamos terminado de hacer fuerza. El humor escatológico, chongo y selvático elevado a la quinta potencia.

A la mañana siguiente, tuvimos que descender muchos kilómetros, que era más difícil que subir, no por el esfuerzo físico, sino porque el Camino del Inca está hecho de rocas y por la humedad del lugar, las rocas siempre están húmedas y resbaladizas, rodeadas de barro. Ese día nos cruzamos con un contingente de otro guía, y se armaron dos pelotones que iban por el camino: A la vanguardia (ellos) y a la retaguardia (nosotros). Yo iba delante de nuestro grupo y vi como una flaca, del otro pelotón, resbaló y se fue 20 metros cuesta abajo de boca a las piedras. No pensé y corrí hacia abajo con los portadores ninjas flanqueándome. Cuando llegué hasta donde estaba la chica, tenía la cara pegada a una roca, boca abajo y no se movía. Con cuidado le sostuve el cuello y la parte de atrás de la cabeza y la di vuelta. Tenía toda la cara ensangrentada, se había partido el tabique y sus dientes frontales los tenía para adentro. Si bien yo soy auxiliar matriculado de Cruz Roja, la flaca honestamente estaba inconsciente y hecha mierda. La situación me superaba. No sabía por dónde empezar. Pero como ocurre en los momentos de crisis, uno no piensa mucho y se acciona. Saqué el kit de primeros auxilios, pedí agua para tirarle en la cara y localizar las heridas (cortes en parpado, frente y pómulo abierto como si fuese un boxeador). Y mientras estaba en mi estado de frenesí emergentológico, alguien me toca el hombro. Era un chileno de anteojos que era parte del otro grupo.
-¿Necesitas ayuda? – preguntó con humildad.
-No, soy de Cruz Roja – contesté con la arrogancia y el breve conocimiento de mis ventipico.
-Soy Cirujano – remató el chilote…y yo me paré, le dí mi kit y le dije: “Todo suyo doctor” (me sentía el más boludo del condado). Pero el cirujano me dijo que él iba a trabajar con los dientes y el pómulo, y que yo le siga pegando la frente y el párpado con pegamento. De casualidad trabajé en el sector piscina del Sheraton y aprendí a pegar heridas en la cara cuando un huésped borracho se reventó la cara con el fondo de la pileta. El cirujano y yo trabajábamos los dos con guantes de latex (que yo tenía), parando el sangrado con gasas, pegoteándole la cara con La Gotita, y la piba que ya se había despertado, no paraba de llorar por cómo le iban a quedar los dientes y la nariz. Yo hubiese llorado de dolor y porque tenía la cara como una pizza tirada al piso. En definitiva, estuvimos como media hora acomodándola toda y pegándola de emergencia, hasta que hicimos lo mejor que pudimos, y un portador con el otro guía la llevaron caminando hacia un lugar de emergencias en la selva, donde la iba a pasar a buscar un helicóptero. Con el cirujano nos sentamos, confirmamos si habíamos revisado todo, si le habíamos preguntado si le dolía la cabeza, si tenía sangrado por los oídos, y poco a poco bajaron nuestros niveles de adrenalina; mientras los dos grupos de mochileros nos miraban. Martín, para romper el hielo, se acercó y me dijo: “Viste boludo, sos Batman”. Y desde ese día hasta el final, fui “Che, Batman” o “Che, doctor”. Fue divertido y ahora agradezco haber tenido la iniciativa de hacer ese curso de primeros auxilios, por esa y otras situaciones de emergencias que me tocó vivir. Aunque ese bautismo fue jodido.
Esa tarde Willy juntó a los dos grupos hasta que regresase el guía del otro, con uno de los portadores, y armamos un campamento de casi cincuenta personas. Comimos fideos con atún y hojas de coca para masticar y retener en las muelas de postre. Durante esa tarde/noche se hizo otro fogón masivo, se jugaron innumerables partidos de truco y se contaron historias, antes de ir a dormir para despertarnos a las seis de la madrugada. Ya estábamos durmiendo todos cuando regresaron el otro guía y el portador con malas noticias: la chica había sido llevada en helicóptero, y estaba bien, pero al regreso presenciaron un alud que cortó el acceso planeado, las vías del tren y nos iba a demorar un día más en llegar.
Para el desayuno tomamos chocolate caliente y comimos pan con mermelada, antes de recibir las malas noticias y caminar muchas horas cuesta arriba y cuesta abajo, esquivando el alud hasta llegar a un refugio preparado llamado Wiña Waina, a un día de llegar a Machu Pichu.


Después de cuatro días de caminar en la selva peruana y comer religiosamente lo que me alimentaban, me empecé a sentir cansado, como tirado. Tomaba mucho té de coca con azúcar, pero igual me sentía muy fatigoso, a pesar de estar en perfecto estado de salud, y empecé a extrañar las comidas con glucosa. Quizás por la cercanía a las ruinas de Machu Pichu, quizás porque el destino otra vez me hacía un guiño a favor, la noche antes de llegar al objetivo, después de cenar arroz con lentejas e ir al Tortoni :) apareció un nenito, en medio de nuestro campamento selvático, vendiendo latas de Coca Cola y barras de Snickers. Le compré una de cada una y le redondeamos el precio a su favor. Pero si el nene nos pedía 100 dólares por todo, se lo pagábamos. El bajón de azúcar era increíble, y yo me consumí ambas cosas en el momento. Como un yonki. Entre la excitación por llegar, el alud y la cafeína en el cuerpo, no dormí mucho esa última noche en la selva, y cuando me despertaron a las cuatro de la mañana, con una sopa para ayudar a levantar campamento, me quería morir. Desarmamos el campamento bajo la lluvia. Llevamos nuestro equipaje y caminamos con una precipitación incesante. Nos recordábamos cada cien metros de pisar bien para que no haya accidentes.


Son 45 kilómetros los que separan al Km. 82 de la ciudadela de Machu Picchu, que tuve el placer de hacer cuesta arriba y cuesta abajo, en medio de la selva, con frío y calor, con lluvia y el camino resbaladizo. No lo lamento ni un segundo. Desde 2010, el estado peruano limitó estrictamente el número de personas permitidas en el Camino del Inca. Se aplica una restricción a expediciones de 200 personas y 300 porteadores, con el fin de conservar la flora y fauna del lugar. Lo recomendable es planear el viaje con tiempo para ver si hay cupo de visitantes para cuando quieran viajar.


Después de casi cinco días caminando en la selva. Después de dos semanas de mochileo. Después de haber sufrido con una y haber reído con muchos, Willy nos guió por un precipicio brumoso, y al doblar la esquina, cerca de las diez de la mañana, la neblina fue cómplice del espectáculo y se corrió un poco para que podamos ver a Machu Pichu en todo su esplendor. Había llegado. Misión cumplida.      



Perú Hoy

En los últimos diez años la economía peruana ha mostrado un crecimiento económico espectacular, y como efecto inercial en algo se ha podido reducir la pobreza. Sin embargo, ni el éxito es redondo, ni el crecimiento es suficiente: convive con una persistente brecha de desigualdad, y es allí donde se coloca una de las mayores interrogantes planteadas respecto a la consecución de resultados en materia de inclusión social. La combinación de un compromiso de sujeción a los principios neoliberales, la propensión autoritaria que amenaza con desandar lo construido en términos democráticos y la ineficiencia manifiesta en gran parte de los actos del ejecutivo es la fórmula que resume hasta el momento el gobierno del presidente García. En ese sentido, el importante crecimiento que muestra la economía solo sería un espectáculo que una gran cantidad de peruanos presencian desde lejos.

Se espera un cambio a partir del nuevo presidente: Popularidad de presidente Humala sube a 54%, según Ipsos Apoyo. Los entrevistados señalan que aprueban la gestión de Humala porque está realizando un cambio para la mejora del país (50%).  Está trabajando en programas sociales para los pobres (47%).  Está luchando contra la corrupción (41%) y por el buen manejo de la economía (28%).

Existe un extendido desinterés por la política entre los estudiantes. Las clases medias y altas abandonaron la universidad como centro de activismo político porque “pensaban que estaban jugando con fuego,” menciona Carlos Contreras, profesor de historia de PUCP. Con los recintos universitarios politizados, la actividad política era percibida como sumamente peligrosa. Por esa razón, la gran mayoría que no quería ser asociada con SL, abandonó casi en su totalidad la política universitaria.

El Perú es un país con un Índice de Desarrollo Humano medio alto, con una puntuación de 0,723 en 2010 que lo ubica en el puesto 63, es decir, un 30% de su población aún vive por debajo del umbral de pobreza lo que supone un alto índice de desigualdad.
El 1 de Enero de 2012 se estableció un salario mínimo en 750 Nuevos Soles, el equivalente a 278 US$. Perú es, detrás de Ecuador y Venezuela, el tercer país de Latinoamérica donde más se ha reducido la pobreza en lo que va de siglo: un 17,3%.

Fuentes:
- Encuesta realizada por encargo del diario El Comercio, entre el 11 al 13 de enero de 2012.
- http://www.perupolitico.com/

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