Latinauta: Experiencias Latinoamericanas de Viajes y Vida - Prólogo.

Si bien uno generalmente culpa a sus padres por muchas cosas, digamos que los míos nunca hicieron demasiado para evitar que tenga un espíritu aventurero : )

Desde la cuna misma, me sacaban y me ponían en aviones, viajaba junto a ellos, a U.S.A, Méjico, Brasil, Puerto Rico, Ecuador, etc. Viajar, estar en lugares extraños, con gente que hablaba de manera poco familiar, con comidas exóticas, nunca me pareció raro. Eran las vacaciones, y las vacaciones siempre eran afuera del país. Esos viajes y el roce de lo foráneo, sumado a que se me explicaba que mis abuelos venían de lejos y hablaban otros idiomas (que con el tiempo comencé a entender, y comprendía sus conversaciones adultas, sin que ellos lo sospechasen), sumado al escuchar los relatos de los viajes y hazañas que había hecho mi viejo cuando era joven; me hacían sentir como que era el hijo de un agente secreto, o algo así, y que yo tenía que seguir esa línea de vida, un legado de viajero y aventurero, porque viajar y hacer cosas arriesgadas estaba bien. Se me relataba todo con una sonrisa, como que estaba bien tener accidentes en moto, bucear en la Antártida, pelearse con la policía, pilotear aviones, agarrarse a trompadas con un capitán, y encima todo ocurrió, no son sólo historias, hay fotos, hay testigos.

La aventura y los viajes eran posibles y tangibles. Aunque yo me crié con esos relatos, mi papá no era ese, mi papá era el hombre que venía cansado de trabajar todos los días, dormía la siesta y puteaba a Videla durante la cena cuando aparecía por cadena nacional. Mi papá era callado, un laburante. El audaz, era el joven que había sido mi papá, antes de ser mi papá. Y además de las historias que escuché de lo que él fue, además de las lecturas que siempre me alentaron a tener – sea en forma de libro o historieta - después se estrenó Raiders of the Lost Ark, y me cambió la vida. Ya no sólo quería ser como mi papá de joven, quería superar a mi papá, y ser como Indiana Jones : ) Y con los ahorros de un cumpleaños me fui a comprar un libro de Arqueología, y mi padre, el ex aventurero, no titubeó en aclarar: “Mirá que los arqueólogos no son como Indiana Jones, se cagan de hambre”. Y con eso murió mi amor por la arqueología, lamentablemente la aprobación paterna siempre pesó bastante en este escriba, pero eso no significó que hubiese muerto la aventura y las ganas de viajar. Así que por muchos años crecí, hice lo correcto, lo que se esperaba de mí, me concentré en ser bueno en la escuela y tener amigos. Muchas opciones no tenía, era un bicho de departamento que vivía encerrado y que se enfermaba demasiado seguido. Los viajes pasaron a ser rutinarios: a la costa argentina y a Miami, una vez por año. Pero los viajes en mi mente jamás desaparecieron. En el primario y secundario, aprendí a ser “Encargado de mapoteca y encargado de biblioteca” para poder escaparme de clase un rato con aprobación de las maestras, mirar los mapas tranquilo, y sacar cuantos libros quisiese, incluso en horario de clases, porque era el correcto hijo de Lizzie Somers que siempre hacía todo bien. 

Yo viajaba mentalmente, creaba, y me escapaba, de todo y todos, con mapas y libros, y eventualmente mi papá se opuso a la privatización de Aerolíneas Argentinas, los gremios y sus compañeros lo traicionaron, lo echaron y no lo indemnizaron, no tenía trabajo, y reparó video casseteras, y faltó dinero en casa, pero yo jamás me di cuenta, mis viejos no lo permitieron y yo seguía en otro mundo, viajando, soñando, creciendo.
Eventualmente nos fuimos a otro mundo, y vivimos algunos años en U.S.A, y la experiencia no fue grata, pero sí enriquecedora. Y regresamos, pero volví cambiado, hibrido, demasiado yanqui para ser argentino y demasiado argentino para ser yanqui. No quise relacionarme con quienes eran verdaderamente los míos y hablé solamente inglés por mucho tiempo, excepto con amigos del barrio con quienes hablaba un Spanglish muy gracioso. Conseguí mi primer trabajo en el Hotel Sheraton a los 18 años, Encargado del Sector Piscina, y me relacionaba con todas las tripulaciones de las aerolíneas que tocaban suelo argentino, ganaba buen dinero, y luego que mi puesto dejó de existir, viajé a Miami y viví como un niño bien muchos meses en un hotel: Sólo leía, corría y escribía, a los 20 años. Cuando volví, trabajé en una casa de venta de historietas y ahí aprendí acerca del noveno arte. Pero dar clases de inglés pagaba muy bien, y con eso, podía comprar las que quisiese, y viajar a dónde quisiese. Y apareció un mentor, como parte de una estructura de Joseph Campbell, apareció Walter Curia, periodista del diario Clarín, y alumno mio de inglés, y me interrogó demasiadas veces, por qué no capitalizaba mi curiosidad a través del periodismo, o los viajes, pero el miedo a viajar hacía lugares que no eran U.S.A o Argentina, era grande; y finalmente apareció la sirena, la mujer de quien me enamoré perdidamente, Maria Eugenia B. S, llamémosle así, y la quise seguir hasta donde sea, la sola mención de sus ganas de mochilear por Latinoamérica hicieron que saque valentía no sé de dónde, y vaya a las embajadas, y me aplique vacunas, y lea libros, y juntos armemos la guía de ruta que tenía como comienzo la Estación de Retiro y como final, las ruinas de Machu Pichu. 

La aventura para mi nació desde pequeño, pero comenzó para el fin del milenio. 



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