Latinauta: Cartagena de Indias, Colombia (2019). Parte 2/4.

Playas citadinas y gente a la orden.

El desayuno era uno de los mejores momentos del día. Atacaba con una moderaba voracidad las arepas de maíz, arepas con anís, el café del día, el jugo de Tamarindo, los huevos revueltos, así como las tostadas con mantequilla. Todo eso panza adentro en media hora. Después de desayunar nos movilizábamos hacia nuestra playa favorita frente al Centro Comercial Nao en Boca Grande.


Después de una caminata, y estudiar el terreno un poco, podíamos cruzar a dicho centro comercial para almorzar en un patio de comidas una bandeja de comida rápida por 15.000 cop$ (unos 6 dólares). Pero también, si estábamos en un horario relativamente temprano – cerca del mediodía y no a las 2 de la tarde – nos podíamos quedar en la playa, alquilar unas reposeras con sombrilla y saltear el almuerzo. Dos reposeras muy cómodas con sombrilla se podían alquilar por 30.000 cop$ pero siempre se puede negociar a 25, 22 y hasta 20 mil cops.

A veces nos distraíamos con lo que leíamos o con lo que pasaba en la playa y no era necesario almorzar. Un día se acercaron unos pescadores a la orilla turística con unas redes y se extendieron unos 200 metros. La gente no se podía meter mucho al agua, los agentes del orden no intervenían, pero tampoco era necesario ya que estábamos todos fascinados con esa pesca masiva que habían organizado apenas 10 tipos en dos botes con una red enorme. Nosotros no éramos los únicos curiosos. De la nada descendieron bandadas de gaviotas y pelícanos que se disputaban los pescados en pleno vuelo como si fuesen los Tigres Voladores contra los Zeros de la Segunda Guerra. Entre la pesca local había mucho Lebranche y Picúa. Ninguno era muy grande. Todos eran sugerentemente comestibles para unas milangas o para ponerlos a la parrilla con unas alcaparras.


Los pescadores terminaron su proeza y la pesca fue escasa. Hicieron un efecto pinza y cerraron ambos tramos de la red para confluir sobre la arena de la orilla. Allí mismo los empezaban a vender a los lugareños (muchos de ellos vendedores ambulantes, pobres, que estaban ahí peleando el mango). A puro ojo y sin balanza. Los paisanos ya sabían y se acercaron con bolsitas de supermercado a donde les tiraban los pescados luego de darles algunos escasos billetes. Yo no entendía tanta dedicación para tan poca pesca y magra recaudación de dinero. Pero la vida costera en Cartagena es un poco así. Lo importante no es ganar mucho, sino ganar algo y vivir tranquilo. ¡Como buen porteño capitalista (socialista pero capitalista al fin) tenía ganas de montar una fila de personas e instaurar un nuevo régimen de venta para una mayor ganancia de los pescadores! Me costaba ver que la gente se llevaban 4 o 5 pescados frescos de tamaño mediano por solo 3 dólares (10.000 cop$). Pero supongo que a la larga los pescadores van a vivir mejor alejados del frenesí que un porteño cebado fuese a sugerir en esa tarde de sol y pesca escasa.


Si uno quisiese almorzar en la playa se puede ir a uno de los bares o se le puede comprar a los vendedores ambulantes una bandejita de arroz con un pescado frito, que viene con dos patacones y una ensaladita de lechuga, a 12.000 cop$ o 4 dólares. También se pueden comer dos riquísimas empanadas de carne y pollo por 4000 cop$. Esa es la oferta gastronómica más típica al paso que hay en la playa y dentro de la ciudad también. Cuando la gente local come eso, para mi ese es el camino a seguir.


Vinculado al comercio ambulante, tengo una reflexión quizás polémica. Acompáñenme en esta línea de pensamiento y veamos qué decanta de estas variables. En Cartagena hay mucho trabajo callejero. Mucho. Claro está que es todo informal y precarizado. La masiva venta ambulante debe estar acompañada de una misma demanda para que semejante oferta y movimiento tenga lógica y sustento plural. La venta ambulante genera poca ganancia, pero genera ganancia al fin, y no está organizada – en general – por un capo mafia local como sí ocurre en Argentina. Así es que si yo quiero salir a vender una gaseosa en la playa lo puedo hacer. Así se hace. Con la particularidad de que si la compro a 2000 cop$ en el supermercado acá la venden a 3000 cop$ en la playa. Se conforman con un 33% de ganancia, mientras que en Argentina le pondrían mínimo un 50%. De esta manera todos venden a un precio razonable y todos venden al fin. También todos trabajan. Todos. Entonces, si bien yo estoy a favor de la legalización laboral de todo en Argentina, la precarización laboral en Cartagena hace que todos ganen poco pero que al menos todos trabajen y ganen algo. Claramente la relación costo-beneficio es acompañada del nivel de expectativas de la calidad de vida de los ciudadanos. Vivir con poco en Cartagena es normal, el ciudadano clase baja – o el inmigrante joven de Venezuela – no tiene grandes expectativas financieras ni un futuro claro. En una costa Argentina esta tendencia de venta y precarización laboral es apenas tolerable y en Buenos Aires es directamente intolerable por el alto costo que tiene la interacción en esta última ciudad. En Cartagena lo veía razonable, pero es cierto que en mi país pondría el grito en el cielo a favor de los trabajadores informales (y también les pediría que tengan precios razonables como los de Cartagena).


El análisis dialéctico en el devenir diario también me hace ruido cuando la mayoría de los empleados y vendedores dicen: “a la orden”. Más allá de un uso idiomático, no me deja de interpelar un cierto fantasma de cultura servil. El argentino es rebelde por naturaleza. Jamás te diría “a la orden”. A la orden las pelotas. Por más hambre que haya. No puedo evitar ver un espectro colonialista en lo cotidiano. El tema de servir, de estar a la orden, de hablar de la gente de dinero - o de los estadounidenses o europeos - como si fuesen supra-humanos. Eso me moviliza y hasta me indigna. Si hay una Farmacia Marta y una Farmacia Inglesa al lado, la gente, el vulgo profano (como dicen muchos), se va para la Inglesa solo por la banderita Británica y ese espejismo social de que todo lo europeo siempre es mejor. Igual cuando entrás a cualquier de las dos te despiden con un “a la orden”. Despertate, hermano. ¡A la orden las pelotas!
La clase alta colombiana también se destaca claramente sobre el resto de los otros mortales de a pie que andamos por la ciudad. Aunque suene extraño, y hasta cliché, muchos no toman sol, se tiñen de rubio, se visten de blanco y caminan con altanería naturalizada.


El cuarto día nos sorprendió con un desayuno sin arepas (#whitepeoplesproblems), pero con jugo de mora, café, tostadas y salchicha con huevos revueltos. Después de la comilona matutina llamamos a quien nos pasó a buscar por el aeropuerto y le negociamos un tour en taxi por la ciudad para ahorrar tiempo y contratiempos. Yo de a pie crucé la frontera con El Salvador de noche, pero con mi novia no me iba a arriesgar a caer por error en algunos barrios que podían ser picantes. Más allá de que Cartagena sea una de las ciudades más seguras de Latinoamérica. El amigo Nelson Padilla (+573135334047) nos llevó por unos 100.000 cop$ en un tour de tres horas por toda la ciudad (33 dólares fue un poco carozo, pero estaba dulce porque apenas habían pasado 96 horas desde que había llegado a Colombia). Juntos recorrimos el Castillo San Felipe de Barajas, pasamos por las 8 plazas y otros puntos turísticos clásicos. El Castillo San Felipe de Barajas es una fortificación localizada en la ciudad de Cartagena de Indias en Colombia. Su nombre real es Fuerte de San Felipe de Barajas. Está situado sobre un cerro llamado San Lázaro y fue construido en 1657 durante la época colonial española.
  


En ese recorrido me compré una camiseta apócrifa de la selección de Colombia, con el número y las letras de Juan Fer Quintero porque soy muy hincha de River Plate, y la pagué 10 dólares. Las originales estaban cerca de 90 dólares. Además atacamos un local de chocolates para regalar y otro de souvenirs. El tour de Nelson terminó en Café del Mar, un bar chetísimo donde la clase alta se junta a beber algo caro y ver la puesta del sol. Yo llegué con una musculosa de River y me pedí la cerveza Águila por 5 dólares porque mi plata vale como la de cualquiera y porque la vanguardia es así. Dicho sea de paso, Café del Mar no es un café y no sirven esa bebida. Paradojas colombianas. Jimena pidió un Campari por unos 7 dólares y nos distrajimos de la puesta de sol hablando con un mexicano de una orgía que había organizado en el Hotel Faena de Buenos Aires. Cosas que pasan cuando uno camina este mundo.



Después de dejar las bolsas en el hotel, decidimos bajar un cambio de gasto y nos fuimos a un comedor popular que estaba sobre una avenida transitada pero bastante común. Yo me pedí un plato de patacón con carne y ensalada por 3 dólares y Jime pidió la mejor salchipapa que probé en mi vida, a solo 2 dólares. Ambos platos acompañados de un jugo de mango y otro de mora por 1 dólar cada uno. Si uno está ajustado de dinero, como en mis épocas de mochilero, te podés alimentar en la calle por 3 dólares diarios y pedir un vaso de agua en cualquier local. Esa vida de mochilero la vuelvo a vivir de forma intermitente, con la tranquilidad económica al saber que a la noche duermo en una cama grande, con aire acondicionado y la mini serie de Maradona en México por Netflix en el LCD de la habitación del hotel. Amo ser mochilero, aventurero y Latinauta, pero hace años me amigué con el dinero y me permito ser un poco burgués cuando puedo a mis 44 vueltas solares. 


Cuando terminé el desayuno del otro día (de café, jugo de guayaba, palitos rellenos de queso, huevos revueltos y tostadas), caminamos como todos los días por la Avenida Marbella hasta que nos cansamos y tomamos un taxi. Siempre antes de subir confirmábamos el precio que nos salía hasta la playa de Boca Grande justo frente al Nao.


A tener en cuenta que es al pedo traer mucho abrigo a Cartagena. En otras áreas de Colombia, como en Bogota, puede estar fresco. Pero Cartagena, a pesar de ser costero – y muy lejos de como es la costa argentina - no necesita que uno tenga mucho abrigo. Olvídense de traer una campera. Eso es solo para el avión o los aeropuertos. Yo diría que en la ciudad  ni siquiera es necesario tener un buzo o sweater, pero digamos que traer uno para una semana no está de más. Yo diría que traer pantalones largos es también solo necesario para el viaje en avión y no para el devenir diario. Podes estar todo el día, y la noche, en malla, ojotas y remera y está bien. La temperatura generalmente oscila entre 20 y 30 grados pero no es un calor sofocante, y se vive bien con esa temperatura. La temperatura por la noche baja un poco, como el asedio de los vendedores ambulantes. Cuando cae el sol, cae su energía de venta. Pero durante el día, agarrate, hasta adentro del mar y en jet ski te quieren vender un viaje o una media horita en moto de agua!


Por la noche del otro día cenamos en un restaurante lindo que también era bastante popular. Yo me pedí Ceviche de Camarón, que era básicamente camarones encebollados con salsa sobre una base de patacones. Safó. Para beber tomé jugo de maracuyá con lima. Es sorprendente la disponibilidad de frutas que tiene en todos lados. Insisto, acá en Argentina seguimos con los mismos sabores y frutas hace 70 años (podrían al menos traer frutas envasadas, pero nadie se arriesga).
  


En el último día en Cartagena visitamos nuevamente el Centro Histórico, por unos últimos regalos, y yo descubrí la Plaza de la Medialuna: una gran feria de libros baratos como los de la plazoleta de Primera Junta en Caballito, Buenos Aires. A 13 dólares compré dos libros sin usar, pero viejos, de política colombiana y uno más llamado “Los Expedientes X de Colombia”. Saliendo del centro histórico, casualmente, encontré la mejor librería de Cartagena: Ábaco Libros es cara pero tiene todo nuevo, una muy buena variedad y selección de libros, así como un excelente servicio de café. Además de que es una bella librería. Allí compré la última novela de Andrés Caicedo (inconclusa pero editada por Seix Barral Colombia) y dos novelas gráficas colombianas. Una es una slice of life de Bogota y la otra una novela gráfica apocalíptica y artsy.


Después de pasar por el Supermercado ARA, donde compré MUCHA comida y café para traer a Argentina, nos preparamos el equipaje para salir rumbo a la Isla Barú. Antes de ingresar al hotel me comí una última empanada en TÍPICA, una cadena de empanadas que tiene un sabor y precio razonable (pedí una hawaiana de jamón, queso y piña a 2500 cops/0,80 centavos de dólar). Cuando ingresé al hotel solo subí a visitar la piscina de la terraza y a tomar fotos porque nunca llegué a zambullirme. Con una buena playa enfrente, y una muy cómoda habitación, no sentí la necesidad de usar la piscina o el gimnasio. Cosas que pasan. Podía prescindir de una piscina porque en cuestión de horas iba a estar buceando con cardúmenes al mejor estilo Johnny Quest!



                                                                  CONTINUARÁ
   

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Latinauta: Cartagena de Indias, Colombia (2019). Parte 1/4.


Las primeras 48 horas.
  
Después de Ecuador (2013) no volví a salir del país. Desde entonces pasé por varias dificultades económicas, cambios de trabajo, mudanza a una ciudad nueva y concreté la oportunidad de que me publiquen dos libros; en los últimos dos años. Todo eso frenó un poco mi hambre por viajar. Lo frenó. No lo extinguió. Además, desde que comencé a viajar por Latinoamérica (1998) lo hice solo y esa situación ya me había agotado. Me estaba poniendo apenas grande (el hardware a los 40 no rinde como a los 30) y quería empezar a viajar con una compañera. Así que esperé hasta que se presente una oportunidad inevitable. Era hora de volver a viajar con algo de estabilidad financiera y menos jugado, desde varios puntos de vista. Cuando se me presentó una oportunidad financiera que pude capitalizar en la forma de un viaje al exterior, y después de consolidar una pareja con mi actual novia por dos años en sana convivencia, llegó el momento de levantar la mochila que recorrió prácticamente todo el continente americano.


La decisión sobre Colombia fue fácil: era uno de los cinco países que me faltaba visitar de la masa continental de este hermoso continente. Además mi novia quería conocer un país nuevo y teníamos excelentes referencias de su gente, playas y cultura. También se ajustaba al acuerdo/presupuesto del que disponía para generar esta nueva aventura.

Como de costumbre, me equipé con lo justo y necesario para estar una semana en el exterior, en condiciones de movilidad y alejado del lujo. Toda la ropa que llevé era descartable y escasa. Llevé un jean (puesto), siete remeras, un short, cuatro trajes de baño (debería haber llevado solo dos), dos pares de zapatillas, unas sandalias y un buzo (ambos de más), una campera (puesta, sobre todo para el frío adentro del avión) y ropa interior para una semana. Llevé dos libros (Tarzán en el Centro de la Tierra de Burroughs y Chamamé de Oyola), medicinas, kit de emergencia y artículos prácticos que suelo usar en viajes (Victorinox, etc). Además de una lona para la playa, una toalla y una carpeta con información impresa acerca de Cartagena. No recuerdo haber llevado mucho más.


Así que tomamos el vuelo CM 364 de Copa Airlines a las 5 a.m desde Ezeiza (Buenos Aires), con escala en Ciudad de Panamá, con destino final Cartagena de Indias en Colombia. Decidimos volar por esta aerolínea porque era un vuelo bastante directo y las horas de espera, en la escala, a la hora de conectar vuelos no eran demasiadas. A la ida solo tuvimos una hora de espera en el Aeropuerto de Tocumen y la dedicamos a ubicar la puerta de salida de nuestro próximo vuelo y a tomar un café con donuts de Dunkin Donuts (que lamentablemente no está en Argentina). Este aeropuerto sería protagonista de una lamentable parte en el final del viaje. Yo ya conocía Tocumen por mi anterior paso por Panamá (2006).


El vuelo con Copa Airlines fue muy bueno. Más allá de la amabilidad de su tripulación y lo moderno de su flota, para mí cumplió con un aspecto muy importante: la comida. En seis horas de vuelo nos dieron un sándwich de pollo con una bebida al despegar y un desayuno completo (se podía elegir hotcakes o omelette) antes de aterrizar. Y en el breve vuelo de Panamá a Cartagena nos dieron nuevamente un sándwich de jamón y queso con una bebida (yo elegí uno de mis jugos favoritos: Guayaba).

Viajamos durante seis horas de Buenos Aires a Panamá y allí debimos restarle dos horas al uso horario. En el aeropuerto de Cartagena nos esperaba el señor Nelson Padilla (+573135334047) que nos llevó rumbo al hotel que teníamos reservado: el Hotel Aixo Suites (+573114034918 - reservas@hotelaixosuites.com – Marbella Carrera 2 #47-10). Apenas alejado del centro histórico (unas 15 cuadras, y por eso era más barato que otros) tuvo un precio razonable de 2700 pesos por día (42 dólares – cuando el dólar estaba 60 pesos), con desayuno incluido (además de tener piscina, gimnasio y vista al mar). Aunque intento alejarme del lujo, cuando el lujo es accesible no le huyo. Hace años me amigué con el dinero e intento mantener un bienestar acomodado cuando mi bendito país me lo permite. Argentina sigue siendo un país carísimo. Sobre todo si tenemos en cuenta que este hotel colombiano era más barato que uno de 3 estrellas en Bahía Blanca, donde me hospedé para presentar mi último libro hace pocos meses.
Tanto en migraciones, como en el hotel, me preguntaron por mi profesión y pude decir que era traductor y escritor sin sentir vergüenza, ya que este año dedique gran parte de mi tiempo a estas actividades que me mantuvieron ocupado y a flote desde lo económico.


Mis manías al llegar a un país distinto pasan por llegar al hotel, desempacar y “reconocer el terreno” alrededor del hotel. Luego de ese “procedimiento”, nos acercamos al Centro Histórico para tener un primer abordaje de ese sitio.
El Centro Histórico de Cartagena es muy colonial. Junto al mar, se encuentra la Ciudad Vieja amurallada, que se fundó en el siglo XVI, con plazas, calles de adoquines y edificios coloridos. La fortificación antigua se debe a que Cartagena ha participado de conflictos bélicos, y  también sufrió los ataques de piratas y corsarios provenientes de Europa, lo cual supuso que fuera fuertemente fortificada durante la administración española. Hasta el punto de ser la fortaleza más robusta de América del Sur y del Caribe, llegando a estar casi tan reforzada como el mismo Golfo de México en su época. En la actualidad se mantiene su arquitectura virreinal con una seria supervisión del Estado.
Con el paso del tiempo, Cartagena ha desarrollado su zona urbana conservando el Centro Histórico y convirtiéndose en uno de los puertos de mayor importancia de Colombia, del Caribe y del mundo, así como un célebre destino turístico. La población total en la ciudad es de casi un millón de habitantes, siendo el quinto municipio más poblado del país.
Este Centro Histórico y la «Ciudad Amurallada», fueron declarados Patrimonio Nacional de Colombia en 1959 y por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1984. En el año 2007 su arquitectura militar fue galardonada como la cuarta maravilla de Colombia.

Para los visitantes, la ciudad ofrece diversos planes para sus 11 kilómetros de playas y un archipiélago de islas cercanas, las cuales son ideales para disfrutar de la brisa, el sol y realizar todo tipo de deportes náuticos. La ciudad contiene gran cantidad de calles, callejones y murallas esperando ser exploradas. Es una urbe digna de ser investigada. Ya sea en coches tirados por caballos, en bicicletas, en segways o a pie. Cualquier método de transporte sirve para asombrarse con los balcones floridos de Cartagena y sus atardeceres que delinean las siluetas de garitas y fuertes. La ciudad encanta con su arquitectura, que no solo abarca los estilos colonial sino que también despliega el republicano y moderno.

El cambio de dólares a pesos colombianos (llamados informalmente cops) era de 1 a 3000 cops. Durante esa semana osciló apenas en alza y llegamos a cambiar hasta 3150 cops por dólar. Yo hacía los cálculos de referencia con el dólar, acorde a mi presupuesto, y trataba de no pasarlo a pesos argentinos porque sino sentía que estaba gastando de más. El viaje lo pensé en dólares y traté de no pensar en pesos argentinos. Los precios en Colombia y Argentina, en lo cotidiano, son similares. Sin embargo, la calidad de muchos de sus productos es superior. Por eso no dudaba en pagar un poco más por algunos ítems. Aunque los artículos en oferta en Colombia estaban realmente en oferta y llegamos a pagar con un descuento del 40% en muchos productos.

En este recorrido inicial por el Centro Histórico comencé la ingesta de una de mis pasiones colombianas: sus empanadas. En un puesto callejero a 2000 cops (0,80 centavos de dólar) probamos una de jamón y queso, y otra de pollo. Cocinan con harina de trigo, como la polenta, lo cual le da un gusto particular y además el relleno es distinto al argentino. Acompañé las empanadas con un coco en la calle a 1,80 dólares y luego pasamos por un supermercado y comencé mi raid de compras de productos de comida, que incluso me traje a mi hogar en la costa argentina (hace tres años estoy radicado en la ciudad costera de Necochea, en la provincia de Buenos Aires). Los precios del supermercado eran – lógicamente – más baratos que los de un restaurante, pero también me hicieron reflexionar acerca de la oferta de productos que tenemos en nuestras góndolas australes. En los últimos cinco años Argentina sufrió una recesión financiera, una asfixiante inflación anual y una estrepitosa caída en nuestra calidad de vida. Lo cual también se transfiere a los productos que consumimos en un súper. Colombia puede ser un poco más caro que Argentina (apenas, y depende de qué productos se consuman, porque también puede ser claramente más barato), pero tiene una amplia cantidad y una notoria calidad en bebidas, panificados, productos cerrados, etc. En Argentina tenemos siempre los mismos sabores, los mismos fiambres, las mismas comidas, las mismas bebidas. Nos falta apertura mental y estomacal. Porque incluso muchos cambios alimenticios son favorables para la salud y el bolsillo del consumidor. Pero bueno, parece que la masa argenta quiere seguir tomando jugo de pera…


A favor de Argentina es que en las calles de Cartagena era demasiado notoria la diferencia de clases. Era fácil de registrar quién era de clase alta, media y baja. Por vestimenta, lenguaje corporal y poder de gasto, claramente. Cartagena se huele como una ciudad conservadora y católica, donde la clase alta prefiere vestirse de blanco y camina con el mentón alzado.

En la primera noche cenamos quizás el mejor plato de todo el viaje: una ensalada que tenía palta, tomates cherry, quínoa, camarones y corvina trozada (10 U$). Una delicia. Ese plato lo eligió mi novia y yo ataque una picada para dos que fue solo para mi, e incluía alas de pollo, papas rústicas y guacamole (8 U$). Para beber yo probé una michelada, con la que se convirtió en mi cerveza favorita de Colombia: la Club Colombia. La michelada salió 3 dólares y una limonada para Jimena salió 2 dólares.

Como hacía calor, rumbo al hotel, también me pedí una Kola Román. Esa bebida cola es una cola autentica de Colombia de color roja y sabor indescifrable, pero que me encantó. Una botella chica de Kola Román oscila entre 1 o 2 dólares, depende dónde se la pida.


En el segundo día desayunamos a las 9 de la mañana. No soy amante de las mañanas, soy extremadamente noctámbulo, pero el desayuno estaba incluido en el costo final, sabía que era completo y no me iba a defraudar. Valía la pena que me despierte temprano. Desayuné huevos revueltos con cebolla y salchicha, papas rústicas, tostadas con manteca, arepas y jugo de lima y naranja. A favor de la gastronomía colombiana es que usan mucho la lima y es abundante. Al haber desayunado todo eso, para almorzar solo comí una empanada de jamón, queso y piña en la cadena de empanadas “Típica”. Desde el hotel tomamos un taxi por 15 minutos hasta las playas de Boca Grande. Era difícil adquirir la tarjeta de transporte público y si compartías el viaje de taxi (en este caso con mi novia) el costo no era muy distinto al del colectivo. Lo cual también te da la pauta lo caro que es el transporte público. El viaje nos salió 8.000 cops y en esas playas es donde están todos los turistas recién llegados y los residentes “platudos”. Los mejores restaurantes y comercios están paralelos a esas playas.

Un punto fuerte en contra de Cartagena es la asfixiante venta ambulante. Si bien está bien que todos estén trabajando, por otro lado te das cuenta que están todos precarizados y resulta muy molesto la venta incesante. En una misma playa te ofrecen masajes cada 10 segundos, te llaman desde adentro del agua para que te subas a un jet ski, te regalan carne de cangrejo y después te piden una colaboración, etc. Es muy permanente y molesto.

En este segundo día Jimena se compró unas Crocs nacionales por 5 dólares y paseamos por el centro comercial NAO para matar un poco el calor de la tarde. En este centro comercial no hay grandes comercios pero sí tienen un lindo patio de comidas con precios moderados. Se puede comer una bandeja por 4 dólares.


Cuando se puso el sol, fuimos a tomar café a uno de los locales de Juan Valdez. Tomamos un café simple, filtrado, barato, y sin embargo exquisito. Al punto que me acerque al barista y le pregunté qué tipo de café era. Resultó ser un café del Valle del Cauca, famoso por su sabor cítrico y gusto intermedio. Ideal para nuestro paladar. Los argentinos consumimos café brasilero de mediocre calidad. El colombiano es buenísimo pero al argentino promedio le puede parecer fuerte. Por eso el del Cauca es ideal.
Colombia tiene al menos 8 regiones de cultivo de café con propiedades distintas. Compré 4 tipos de café en grano, desde fuerte a liviano, para moler en casa y beber con amigos. Para el devenir diario compré la marca Sello Rojo que es el que usa el colombiano promedio todos los días.

En Colombia se produce el café 100% arábigo (coffea arabica) producido en las regiones cafeteras de Colombia, delimitadas entre la latitud Norte 1° a 11°15, longitud Oeste 72° a 78° y rangos específicos de altitud que pueden superar los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Colombia tiene la suerte de tener los tres factores ideales para generar buen cafeto: tierra fértil, altura y temperatura. A nivel mundial, Colombia es el tercer país productor de café y el mayor productor de café suave en el mundo. Desde mi experiencia como connoiseur du café les cuento que Colombia produce el segundo mejor café del mundo. El mejor café podría venir de Jamaica (Blue Mountain) y en tercero lugar pondría el estilo Robusta que procesan bien en Medio Oriente.

Durante el siglo XX el café fue el producto primordial dentro de las actividades comerciales colombianas. El café se cultiva, preferentemente, en terrenos entre 1.300 y 2.000 metros de altitud. Sus plantaciones ocupan en la actualidad más de un millón de hectáreas con una producción anual de unos doce millones de sacos.

En esa segunda noche me pedí una pizza grande para cenar, de Domino’s pizza, al cuarto de la habitación. Hacía 6 años que no comía una. Desde Chile (2013). Es mi pizza favorita en el mundo. Jimena sigue prefiriendo las pizzas argentinas. La pagué 10 dólares y en el supermercado de la esquina compré una gaseosa de limón Pow! que subí a la habitación. En Colombia no tienen los reparos que hay en Argentina, y otras partes del mundo, con respecto a subir comida ajena al hotel a la habitación. Me pareció genial. Tienen una excelente mentalidad de servicio en los hoteles colombianos. Brindan un servicio. Si uno lo quiere, lo pide. No te arrinconan para que lo pidas. El servicio y las instalaciones del hotel Aixo Suites fueron excelentes. Estuvimos en Cartagena y ese hotel por 4 noches.



CONTINUARÁ
   

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Cafenauta: Volumen 4 de 4.

Por Leandro Paolini Somers.

-         Café y gastronomía: armonías con bebidas.
-         El café en sus hogares.
-         Conservación del café.
-         Mezcla de café con alcohol.

Café y gastronomía: armonías con bebidas.

- Comidas acompañadas por café:

La mayoría de los alimentos que ingerimos en la comida no son compatibles con el café. Hoy el café se considera después de la comida como digestivo o como un activador para evitar la somnolencia producida por la ingesta. Sin embargo, así como el vino logra maridajes con muchos alimentos, también el café puede hacerlo.

El café se puede utilizar en amplios desayunos, más allá de los tradicionales:
- Café ristretto acompañado de una croissant o tostada con palta.
- Café ristretto, con un vaso de agua, acompañado de una ensalada de cetas y condimentos no ácidos.
- Café expresso acompañado de tostadas con huevos, tomate y mozzarella.
- Café Lungo acompañado de tortilla de maíz con arroz y huevos.
- Café Lungo de robusta con pescado y papas fritas en Inglaterra (si se bebe cerveza negra tibia, es lo mismo acompañar esas comidas con un café de robusta).


Ahora muchos chefs están innovando con recetas más audaces como pescado marinado en café o cenas de país de origen donde el café se combina con platos de la misma región (ver robusta con fish & chips).
Es necesario tener en cuenta que una cuota cítrica en un café complementaría un plato con almendras, o un café de Sumatra acompañaría muy bien un queso de cabra.


El café en sus hogares. 10 usos cotidianos:

Desde tratamientos faciales y agente anti celulítico, hasta alimento para tus plantas y jardín; los restos de café molido en tu casa pueden ser muy útiles.
Además, es una forma creativa de vivir amigablemente con el medio ambiente.

1. Úsalo para remover la celulitis. Mezcla un cuarto de taza de café molido usado, caliente, con una cucharada de aceite de oliva. Aplica la mezcla en las áreas de interés. Envuelve las áreas con película plástica y deja trabajar por algunos minutos. Retira la película, cepilla los granos de tu piel y toma un baño con agua caliente. Para mejores resultados, se recomienda que se repita el proceso dos veces por semana.
2. Aplícalo en tu cabello para suavizarlo y darle brillo. Cuando laves tu pelo, frota café molido a través del pelo húmedo y lávalo. En cabelleras cafés, además añade luz.
3. Usa el café como un exfoliante para la piel. Coloca el café molido en tu piel, masajea por un rato, y luego limpia la zona. Puedes incluso crear jabones líquidos, si al café agregas algo de miel y azúcar. También puedes agregar café a tus máscaras para la cara.
4. Fertilizante para plantas. Para plantas que les favorece un suelo ácido, agregar café molido a la tierra es una fuente de nutrientes. Puedes agregar café molido a tus macetas y plantas de interior.
5. En el jardín, añade café molido antes de plantar semillas. El café añade nutrientes al suelo, además que se dice repele los caracoles y cochinillas. Si tienes hortalizas de zanahoria y rábano, puedes mezclar café molido a las semillas antes de plantarlas.
6. Usa café molido para repeler hormigas. Puedes crear un anillo alrededor de sus nidos, y notarás cómo se mudan.
7. Aromatizar el refrigerador. Coloca un plato de café molido en tu refrigerador para remover olores indeseados. Puedes agregar algunas gotas de vainilla, para darle un aroma más dulce. Mantén el plato por al menos 24 hrs.
8. También puedes frotar algo de café molido en tus manos después de haber manipulado alimentos para eliminar los olores.
9. Es excelente como limpiador abrasivo para las tuberías de la casa. Sólo vierte el café molido por el drenaje, y deja que corra con el agua muy caliente.
10. Después de bañar a tu perro, frota café molido en la piel de tu mascota. Se dice que el café molido repele las pulgas.


Conservación del café:

Pero aunque compremos el mejor café en grano, siempre de tueste natural, y de la procedencia que nos parezca más rico, su conservación es fundamental para disfrutar de una buena taza de café. Por eso acá van varias recomendaciones para conservar el café en grano para que no pierda aroma ni sabor.
- Si es posible, evita moler el café por adelantado.
- Elige un recipiente opaco y hermético para almacenar el café.
- Almacena tu café en un recipiente hermético.
- Conserva tus granos de café o tu café molido en un ambiente relativamente seco.
- Compre su café en un establecimiento que maneje una adecuada rotación del producto.
- Es preferible conservar el café tostado, sin moler.
- Compre cantidades que consuma rápidamente.


Mezclas de café con alcohol:

- Café con Ron:

El carajillo es una bebida que combina café con brandy o con otra bebida destilada como, por ejemplo, el ron. Suele servirse en vaso pequeño. Pero al servirse en jarra pasó a llamarse "carrajillo". Es típico de España. Su origen es desconocido y quizá se remonta a la época en la que Cuba era provincia española y los soldados combinaban café con ron para coger "corajillo", de coraje, y de ahí la deformación al carajillo.

Existen otras bebidas parecidas como el café corretto de Italia, hecho tradicionalmente con grapa o el muy famoso café irlandés de café con whisky. En el ejército británico existía una tradición de echar ron, whisky o brandy al té (o café) en el desayuno de las mañanas de batalla y a esta bebida le llaman 'gunfire' (tiroteo, fuego de armas).

Aunque el carajillo se conoce en todas partes de España, la manera exacta de preparar un carajillo varía un poco entre regiones. En Cataluña, por ejemplo, suele presentarse en su forma más sencilla de café con brandy (sin quemar) y con el azúcar aparte, para que el consumidor lo añada a su gusto. En la provincia de Castellón, en cambio la preparación suele ser un poco más elaborada. Ahí es normal calentar y quemar parcialmente el alcohol en el vaso, junto con el azúcar, canela, granos de café y un trocito de corteza de limón. Esta versión suele ser la preferida también de las coctelerías y de los restaurantes de alto rango cuando se exige una versión más lujosa (y más cara).


- Recetas fáciles para el Lungo:

- Lungo + Nutella + 3 cucharadas de leche en polvo + 2 cucharadas de crema de leche (apenas batido).
- Lungo + 30 ml de vodka + hielo + lima + coctelera (batido a frío).
- Lungo + 40 ml de leche condensada + 40 ml de jugo de maracuyá + 3 bochas de crema americana + crema chantilly + jarabe de chocolate en taza + licuadora (servido frozen).


Y eso fue todo por ahora. Quizás algún día se publique mi libro acerca de café o vuelva a dar otro curso, mientras tanto nos vemos en mi página de Facebook: Leandro Paolini Somers o www.paolinisomers.com

¡Hasta luego!

                                                                        Leandro Paolini Somers.






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